EDICIÓN ESPECIAL ANIVERSARIO DOS
Femin
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Con tempo
ráneos
Enero-Julio 2022



EDITORIAL

“El Zulo es la antítesis del cuarto propio. Un zulo es la banca de un parque. Es la computadora prestada. Es la taza del baño y es la azotea de la casa. Un zulo es el lugar desde donde escriben las desposeídas. Las que tienen cuatro jornadas laborales. Las que no tienen quién arrulle a la cría para que ellas arrastren el lápiz. El zulo son las alcantarillas y los bordes. Desde luego que Ziga no sabía que yo quiero ser escritora ni que escribo. Pero vio en mi mirada la rabia que tenemos las que viven de las alcantarillas. A ese reconocimiento entre criaturas marginadas la feminista chicana Chela Sandoval lo llama “metodología de las oprimidas” y la poeta negra Audre Lorde “el mirar profundo”. Es la capacidad de reconocer en otras y otros la marca de la marginación y la marca de la resistencia.”
Dahlia de la Cerda
Cuando leí a Dahlia en pdf que, a diferencia de Fernanda Melchor, no hizo pancho por haber elegido el formato digital, pirata, gratuito, prole, en lugar de las editoriales que pocas mujeres en el México suburbano y del sur pueden pagar, me sentí aliviada, después de leer sus ensayos más –es decir, no se los pierdan[1]-. Sé que es una escritora polémica y poco querida entre los círculos radicales y transfóbicos hidrocalentanos y chilangos, sé como ella misma sabe, que es difícil vivir en un país feminicida y violento con las mujeres y niñas sin contradicciones, pero lo que más sé es que la constitución de feminismos periféricos son muy pero muy difíciles de sembrar en sociedades conservadoras, racistas y patriarcales, en sus mujeres pues también, y Zihuatanejo como Aguas Calientes, no fueron la excepción.
Acá en la Costa Grande, recuerdo que mi primer performance fue en 2017 en un colegio privado, vestí de negro y me puse un cartón colgado en la espalda y en el pecho que decía #niunamás. Estudiantes y profesorxs me vieron feo, administrativos también, sólo uno de mis mejores amigos y la hija del director aplaudieron la iniciativa y la tomaron en serio. Hoy todavía rememoran exalumnas que se están graduado de la universidad: “¿Se acuerda que corrieron a R. por misógino, usted lo demostró al Consejo?” dijeron. “Sí, pero no lo demostré yo, lo demostró él mismo”. En forma paralela había iniciativas de defensoría o acompañamiento por compañeras locales o migrantes en sus espacios de trabajo: en la Prepa 13, en otros institutos públicos de salud o privados de educación media superior, pero todavía ser feminista era un estigma, algo que las mujeres tenían que negar u ocultar, como si fuéramos brujas a las que podían quemar por la Santa Inquisición, en pleno siglo XXI. Una de mis mejores amigas en aquella época se autodenominaba “feminista de clóset”, otra compañera de trabajo que atendía el departamento de psicología en el instituto más caro del municipio juzgaba mi autoadscripción al feminismo en clase, subrayando que lxs estudiantes hicieran caso omiso a esa ideologización ¡puaj! Hasta entonces no se conocía la multiplicidad de posturas dentro del propio movimiento, no obstante, desde mi propia ingenuidad activista me preguntaba ¿por qué? ¿por qué en un contexto profundamente violento con las mujeres por el crimen organizado, por las trasnacionales hoteleras, por el catolicismo recalcitrante, por el estado indolente a sus desapariciones y feminicidios, por la institución matrimonial en distintas iglesias, por las propias mujeres sobre otras mujeres que ocupaban un rango mayor en alguna empresa o burocracia, etc., dichas mujeres rechazaban tanto lo que podría ayudarlas a reclamar justicia o reparación del daño? La respuesta que me dieron las experiencias de acuerpamiento a violencias físicas, sexuales y cibernéticas en la fiscalía, acompañamientos aborteros, la formación de la primera colectiva feminista[2] en el puerto –aunque haya personas que afirmen lo contrario- y la edición de esta bellísima revista[3] fue: El miedo y la ignorancia. Ambas condiciones nos habían atravesado a todas, absolutamente a TODAS, miedo a ser lastimadas, miedo a ser expulsadas de las familias de origen, del grupo de amistades, de las propias relaciones románticas: miedo a ser parias. Ignorancia para ser incómodas, para aprender a documentarse o investigar antes de criticar, de juzgar, de vituperar sobre la(s) otra(s). Habíamos mamado patriarcados por generaciones y era más fácil coexistir en la simulación del vivir bien por temporadas “altas y bajas” así como el vaivén del turismo gringo-canadiense que ser valientes y romper el silencio.
Por fortuna juntas y diversas, organizadas y tiernas –aunque fuera temporalmente- lo logramos. Las marchas por denuncias de feminicidas y la desatención municipal y estatal a las alertas de género, la exigencia del cumplimiento de la Ley Olimpya, la Legalización del Aborto en Guerrero fueron nuestras luchas y hoy, también nuestras victorias. Expusimos las cuerpas en las calles, en las paredes, en los edificios, denunciamos en tendederos físicos y virtuales a violentadores, cuestionamos el status quo zanka y eso nadie, nunca lo podrá borrar de nuestras memorias, ni de las de las jóvenes y niñas que nos acompañaron y hoy nos suceden ya en otras movilizaciones en sus escuelas, los lugares a los que migran, en la creación de iniciativas a favor de la vida libre de violencia en sus familias, trabajos y relaciones de pareja. Los feminismos contemporáneos habían llegado a Zihuatanejo para quedarse de manera sutil y poderosa, se formaron otras colectivas, se visibilizaron a las madres que buscaban a sus hijas asesinadas por sus parejas, se hizo ruido y ser feminista ya era una opción para sentirse segura y orgullosa.
Hasta que llegó el Estado femifágico, seductor y se tragó al movimiento. Esos “feminismos” agachones y simuladores que pensamos se habían acabado, proliferaron, no ha disminuido el número de mujeres y niñas violentadas, no hay indicadores que señalen el impacto del sistema que implementó el ayuntamiento municipal a través del Instituto de la mujer y del DIF. Si bien, dentro del gobierno y los institutos se da atención a las mujeres, esta atención no se refleja en índices de autonomía económica o denuncias en fiscalía de mujeres en localidades con alta marginación[4] o con trabajos precarizados y mucho menos en población afrodescenciente o de pueblos originarios (Coneval, 2020) Varias colectivas se deshicieron por las mismas razones que los movimientos sociales a pequeña escala y postpademia claudicaron: falta de consenso, malos entendidos, chijmes, importancia personal. “Divide y vencerás”, dijo un medieval misógino; no obstante, sabemos, quiénes sembramos semillas de rebeldía, de demanda de justicia, de denuncia a abusadores, acosadores, deudores alimentarios que la lucha sigue y que sólo es cuestión de tiempo para que otras comas y compas sigan resistiendo.
Este número es resultado de ese germen verde y morado que nos permitió publicar varias obras de Silvia Chávez de Pescando Truchas, una ilustradora talentosísima que ya había colaborado con nosotras en la edición VI y cuyo trabajo esperemos siga acompañando a la revista, y a Emilia Melchor para hablar de su madre, sus tías y su derecho al trabajo digno vs premios, pueblos mágicos y gentrificación de un puerto que busca igualdad de oportunidades para todxs, sin simulaciones pues, en Ancestras también, Guadalupe Bolaños desde Puebla, nos comparte un pedacito hermoso de sus experiencias de campo e investigación doctoral con las mujeres del maíz y de la tortilla, así como de la expresión lingüística de las protagonistas y co-autoras del texto. En Amores Románticos y no románticos también Zu G. Reyes y Zoe Ríos nos hablan del amor propio, de la corporalidad mujeril, la primera a través de la poesía, resultado de un taller colectivo que otra de nuestras colaboradoras compartió a pie de playa y en el que justamente el tema fue la Mar; la segunda, descubre en otro taller el poder de su útero y crea una narración fantástica hermosa y familiar de acuerpamiento, de su linaje hacia la menarquía. Lilith Ana Nigromante expone a su agresor por fin, después de años de ser una sobreviviente de violencia física y psicológica, pero también comparte la relevancia de las redes de apoyo entre mujeres para salir de algo tan complejo y peligroso “a mí me cuidan mis amigas” representa su texto. Nereida renueva Experiencias Zankas a través de un texto híbrido desde la metáfora del cautiverio, del apego y del mito que no ocurre sólo en Grecia sino también en el sur tropical. Arnoldo nos cuenta de manera lúdica su paso por los feminismos de sus colegas y cómo ellas le invitaron a ver las desigualdades y a cambiar sus prácticas, sobre todo las de pareja y paternidad. En Búsquedas Liliane y Sofía nos recuerdan que lo personal es político, no sólo para hacer política en las facultades y en la demanda por la paridad de género, sino también para organizar movilizaciones, para reclamar por las inequidades de clase, de edad, de nacionalidad. Finalmente en Desmesura de las voces y los viajes, Sofi misma nos cuenta la travesía por el Sureste mexicano a bordo de una motoneta y una serie de “bikers” que la animan a pensar que las carreteras también deberán ser nuestras y las bellezas naturales-culturales un goce colectivo de mujeres viajeras. El cierre del número lo hace Yolitzin Jaimes activista y psicóloga, una de las fundadora de Las Revueltas en Chilpo, como le dicen acá, nos comparte sus experiencias dentro de otro de los feminismos contemporáneos. Un agradecimiento permanente y extemporáneo a todas por hacer posible este número de aniversario. Desde un zulo en medio de la noche seguramente nos volveremos a leer y a escribir juntas.
[1] De la Cerda D. (2023) Desde los Zulos, Sexto piso, México.
[2] Misma que puedes leer en una brevísima crónica sobre Malas Madres en Zihuatanejo en la edición No. II de Yosoynosotras.
[3] También puedes leer la gestación de la revi en una edición hermana creada en Acapulco que se llama ADNcultura en https://adncultura.org/index.php/yosoynostras
[4] https://www.coneval.org.mx/coordinacion/entidades/Guerrero/Paginas/principal.aspx

ANCESTRAS
Vendedoras de sueños
Me llamo Emily Alondra Melchor tengo 25 años y soy hija, nieta, sobrina, y amiga de vendedoras ambulantes de Zihuatanejo. Mi mamá, mi abuela y tías caminan por las calles con la mercancía en la cabeza. Flanes, Gelatinas, Cremitas, además han vendido Pan, Café, Gorditas, Quesadillas, Buñuelos y muchas otras cosas.
Desde que tengo memoria me he tomado la mano de mi mamá para ir a vender con ella, gracias a esto pude pasar mucho tiempo de calidad con mamá. Aprendí a vender y me contaba historias. Crecí aquí (Playa Principal) jugando con los hijos e hijas de otros vendedores, con las anécdotas de los pescadores. Vi y aprendí mucho. Todo iba más o menos bien (o eso creía, mi mamá no me dejó ver si iba mal). Después, cuando entré a la universidad yo también comencé a vender para ayudarla con los gastos, mi padre tiene un problema de salud muy complejo y mis hermanas ya se habían casado. Sólo éramos ella y yo.
Hace unos años, sin embargo, las cosas se empezaron a poner difíciles para las y los vendedores, todo bajo la administración del presidente Jorge Sánchez Allec, se nos ha prohibido siquiera caminar por el Paseo del Pescador con nuestra mercancía Acaso ¿damos mal aspecto? ¿opacaríamos las mejores prácticas de Gobiernos Locales por “Alcaldes de México” en la categoría de Turismo? ¿descenderíamos del tercer lugar del país en efectividad para resolver las problemáticas de la ciudad por el ENSU-INEGI 2021? ¿la gente trabajadora que también votó por él y su gabinete se debe aguantar las condiciones de desigualdad en el puerto?

Su “equipo” siempre te aborda en jauría, dos o tres sujetos de reglamentos que te dicen que no puedes pasar, que vayas por otro lado (generalmente sin gente para vender) si insistes amenazan con quitarte tu producto, te toman fotos y graban videos, como si te atraparan cometiendo un delito. Son prepotentes y altaneros contigo, conmigo, con nosotras, las trabajadoras.
Las vendedoras somos ciudadanas de esta Bahía y tenemos derecho a hacer uso del Espacio Público para beneficiarnos económicamente. No pagamos impuestos dirán y entonces, ¿el predial? ¿el agua? ¿el alcantarillado? No todas fuimos a la Universidad de las Américas en Puebla, no todas pertenecemos a una familia adinerada y con una constructora ¿será que ellos pagan sus impuestos completitos? ¿será que todos sus empleados están en nómina, tienen seguro social y prestaciones? ¿será que no existen empresas fantasma ni licitaciones compradas en su administración?
Lo más extraño es que quienes vivimos en colonias “marginales” como ellos dicen, tienen ciertas preferencias prácticas si son de su partido. No sé debería dar este espacio solo a los que apoyaron al presidente en campaña, no se deberían hacer compromisos políticos con el Espacio Público, es de todas y todos.
Que mi mamá vendiera significó para mí acceso a oportunidades que ella no tuvo. Clases de Inglés, Arte, Atención psicológica, Educación Universitaria, libros y acceso a la cultura. Y aunque quizá para nosotras ya no sea la actividad principal, pienso en las otras mamás y papás, en los otros y las otras jóvenes. Pienso en las niñas que tienen sueños y aspiraciones. Por eso estoy aquí visibilizando la violencia con que se están llevado el sustento y sueños de muchas artesanas, reposteras, dulceras, esquiteras, indígenas, sin alternativas de empleos justos, capacitación y formación para la autogestión.
Jorge Sánchez. Las vendedoras existimos y resistimos. Trabajar no es un delito. Exigimos que se liberen los Espacios Públicos a las y los ciudadanos.
Emilia Melchor. Estudió Ingeniería Metal Mecánica en la Universidad Tecnológica de la Costa Grande de Guerrero, miembra de la colectiva Marejada, le gusta leer y escribir a veces. Vive entre Zihuatanejo y Nayarit.
Tlaxcalcihuatl (Mujeres de tortilla)
lo que las une y a la vez las contrasta
Cuando visitas Tehuacán, Puebla, ellas siempre resaltan ya por ser amadas u odiadas. Ellas llaman tu atención. Son las mujeres de Santa María de la Asunción Coapan, que es una junta auxiliar de la señalada ciudad. Ésta basa su vida comunal y religiosa en el tleolli (maíz), ese grano tan importante para las y los mexicanos, con el que sus manos moldean y crean las tlaxcallis (tortillas) -y demás derivados (tlacoyos, tamales, atoles)- esas que las familias tehuacaneras y de la región, esperan cuando diariamente llegan a la hora de comer.

Sus consumidoras son tan diversas como ellas, y van desde las familias de clase media alta, hasta las de clase obrera que se emplean en las innumerables maquiladoras de ropa que también caracterizan a la región. Ellas, tan distintas, admiradas y respetadas por su colabor y organización, por su carácter, pues como dicen ¡Cuidado porque es de Coapan! Sí, ese pueblo originario que tiene la fama de “pleitista” por defender su territorio, su derecho a comercializar los derivados del maíz en los alrededores de la ciudad y por, sentirse orgullosas de su pueblo, costumbres y lengua.
La Mujer Coapeña ha tenido que adaptarse a las condiciones de abastecimiento del maíz, utilizando el propio, cosechado en las comunidades cercanas y desafortunadamente, el que se comercializa en las tiendas de la comunidad, procedente de Sinaloa. Sin embargo, estas mujeres continúan con la practica ancestral del nixcomite o nixtamalización, que es una de las aportaciones culinarias más importantes de Mesoamérica para el mundo, las antiguas civilizaciones observaron que podían suavizar los granos maduros del maíz si los introducían en una solución alcalina hecha con agua y ceniza de leña que usaban para cocinar, es por ello que la palabra nixtamal proviene de los vocablos náhuatl nixtli y tamalli: ceniza y masa, respectivamente. Con el paso del tiempo se descubrió la cal viva o hidróxido de calcio que es lo que ahora se ocupa.


En esta serie fotográfica, presento la diversidad de mujeres de este Tlaxcaltépetl (pueblo, cerro de tortillas), por un lado, las que aún conservan terrenos de riego, y así, cumplen con el ciclo completo (siembra, cosecha y transformación). Doña Susana Ignacio e Hilaria Marcos, la primera pertenece ya a la tercera edad y tiene una discapacidad; la segunda de cuarenta y cinco años. Ambas se resisten a renunciar a sus prácticas ancestrales y prefieren conservar la vida campesina, a pesar de la imposición y el acelerado crecimiento del paisaje urbano. Así como, quien no cuenta con parcelas ni agua para sembrar el preciado grano, la señora Norma Carrera, de cuarenta años quien pidió no salir en el encuadre -y respeté su decisión- capturando lo que con caricias y amor, elabora diariamente para alimentar a una buena parte de la población de Tehuacán, la tlaxcaltzintli (tortillita).
Guadalupe Bolaños Ceja. Nahua de la Sierra Negra de Puebla, Estudiante de Doctorado del Centro de Estudios Rurales COLMICH que gusta de leer y escribir sobre sus orígenes y compañeras.

Agujero negro

Las medusas tienen un cerebro, un corazón
y un sistema nervioso invisible a las ciencias humanas y a las inhumanas también.
Son las abuelas más hermosas que miro,
las más de las más hermosas, elegantes. Me fascinan.
Quisiera ser como ellas, fluir con las corrientes,
maximizar el uso de mis orificios para hacer por alguno, o uno, todo.
Tener un agujero negro infinito en el cuerpo, un hoyo negro.
Una noche, las medusas se comerán el mundo.

Menopausia
Estabas con las alas enterradas en la arena, confundida y cansada.
Te dolían las rodillas de los dientes y también las pestañas del hastío.
Te preguntabas muchas cosas y sentires que hoy simplemente fluyen.
Me gustaba pensarte inquieta e inteligente pero a esas alturas del atardecer en las palmas, te dolía pensar… ¿o reír?

Eras muy ignorante aún pero te sentías otra.
A tus primaveras las empezabas a sentir otoños y una tarde dijiste “este es el comienzo de la no maternidad”.
En tu centro te fuiste haciendo más espesa y un día simplemente aliviada, desapareció.
Una bruja te dijo que encontrarías a un arquitecto de estrellas, pero él no te encontró y si lo hizo te escondiste, si lo hizo lo esquivaste ¿podías? ¿querías?
Hoy te miras llena de inquietantes sensaciones, piensas menos y sientes más, dormiste con varias noches y sin ellas, cruzaste países y mares a los que no quisiste amar.
Nómada, migrante, inestable te dijeron, paria también, yo te miro tan nueva, libre, danzarina y plena ¿y tú?
Zulema Gelover (Ramona Pez) soy escritora, investigadora y gestora cultural, vivo de la docencia, del tallereo y de la lectura de textos hechos por mujeres. Amo la mar, al árbol, la danza, el café, la vida, el color verde y el aroma a tierra mojada. Coordino Casa Común, edito esta revista y pasé por la universidad haciendo Filosofía, Antropología Social y Sociología.

DE AMORES ROMÁNTICOS
Y NO ROMÁNTICOS TAMBIÉN

Zoxil y los cuarzos rojos
CAPÍTULO 1
Hace mucho tiempo en México, antes de que los españoles conquistaran, había una pequeña niña maya parte de la familia del Templo del dios de la lluvia llamada Zoxil.
A Zoxil se le había concedido el poder de controlar cualquier tipo de tormenta, lluvia, huracán, ciclones, incluso tsunamis. Le encantaba jugar con sus amigos Teoz y Metzli. La familia de Teoz era del templo del dios del Verano y la familia de Metzli era del templo de la diosa de la Luna.
Un día Zoxil había descubierto que sangraba cada 28 días, igual que su mamá. Así que le dijo a ella lo que pasaba y su mamá le explicó porqué.
A día siguiente llegó un terrible huracán al templo del verano y Zoxil fue a detenerlo, pero de la nada llegó un tsunami y un ciclón juntos, Zoxil no podía controlar todo eso y no sabía qué hacer. Se había bloqueado, pero su mamá y su papá la ayudaron mentalmente ya que ellos no tenían el poder de controlar el agua, así que lograron juntos que todo volviera a su equilibrio.
CAPÍTULO 2
La mamá de Zoxil llamada Bolen después de las palabras de aliento que había dado a su hija se acordó mucho de su infancia, de cuando corría por los templos y escalaba pirámides. Nunca se daba por vencida y dibujaba con algo que ella misma había inventado hecho de carbón, con un palo amarrado con cuero que se llamaba gosil. Cuando llegó su menarquía ella ya estaba casi lista porque le encantaba hacer cosas y cuando vio que sangraba, recordó que su mamá –que se llamaba Tzen- la abuela de Zoxil, usaba una tela con broches, cada vez que eso ocurría. Bolen creía que era para hacer sus choninos más cómodos, así que ella creo dos antes de su menarquía y cuando se los puso se dio cuenta al fin para qué servían, se lo contó a su hermana Tzai y a su mamá. Como Tzai ya había pasado por ese cambio, ya sabía qué hacer.

CAPÍTULO 3
Entonces Bolen le fue a contar todo a Tzen y a Tzai y las dos llegaron de volada a interrogar y a apapachar a Zoxil como cualquier tía y abuela que no ven a su nieta y sobrina desde hace años. Le regalaron un cuarzo rojo que todas las mujeres de la familia llevan, las que ya tuvieron su menarquía. A Zoxil le encantó el cuarzo, era muy espacial y cada vez que menstruaba brillaba. En esa época si menstruabas significaba que ya tenías tu autocontrol y siembre se festejaba la menarquía de cualquier mujer.
Ese cuarzo que sólo era de la familia, era aún más especial pues en cada eclipse lunar o luna roja, te jalaba y te llevan a a una cima de montaña donde las mujeres de la familia se juntaban y hacían un ritual a la diosa de la menstruación por darles el poder de crear vida. Cuando dejabas de menstruar por siempre, se hacía otro ritual, donde la mujer que dejaba de hacerlo se despide de la diosa de la menstruación y su cuarzo rojo deja de ser rojo y se pone azul. Pero cuando una nueva mujer inicia su menarquía se pone rosa y la lleva a la montaña donde se hace el ritual de inicio de un ciclo vital.
Zoe Ríos Ferreira. Estudia quinto año de primaria, es gimnasta, escritora de historias sobre niñas increíbles y hermana mayor de Kai y Noa. Le gusta leer, jugar e imaginar muchas cosas, quiere mucho a su familia sus heroínas son: Simone Biles y Mata Hari.

Ternura y Rebeldía
Hace días cuando una querida y admirada compa combatiente me invitó a compartir mi experiencia personal con los feminismos, inmediatamente llegaron a mi cabeza y en cascada una serie de recuerdos, de vivencias, que en el cauce por salvar mi vida y tomar el timón de ésta, desembocaron en un mar de mujeres cuyos hombros, brazos y piernas han sido el sostén de mi lucha diaria.
Desde hace años soy docente y estoy como coordinadora académica en una preparatoria particular. Parte de mi trabajo es organizar eventos científicos y charlas que propicien el desarrollo y crecimiento personal de las juventudes en la escuela y, justo uno de los temas más preocupantes era el número de chicas violentadas por sus familias y parejas; la presión constante para que dejaran de estudiar y formaran una familia apenas terminaran el Bachillerato o que optaran por una carrera encaminada al cuidado de otros. Fue así como con apoyo de la dirección y de otras entrañables compañeras, comenzamos con una serie de actividades de divulgación e información especializada encaminadas a concientizar a las juventudes sobre la llamada Violencia de Pareja.
Una de estas actividades fue una conferencia magistral con una Psicóloga especialista en violencias quien nos habló sobre la violencia en el noviazgo. En ella visibilizamos la falta de oportunidades y las dificultades que las mujeres enfrentamos en nuestra vida laboral y académica, y cómo las alternativas disminuyen al ser madres (solteras o no) con y sin preparación académica y sobretodo, la relación directa entre estos factores y la violencia ejercida en el seno de las relaciones “amorosas”.
Todo en cifras (INEGI, ENDIREH, CONAVIM) no es sencillo de analizar, se vuelve entendible pero abierto a interpretaciones que no siempre son las más cercanas a la realidad de las mujeres, esa realidad que literalmente se estrelló en mi rostro en forma de puño, de mi entonces “pareja”.
Recuerdo estar sentada en la mesa institucional oyendo la conferencia, cuando resonó en mi cabeza “Ciclo de la violencia”. De pronto mi Sísifo personal, quien como castigo -ante mi necedad por mantener a “mi” hombre conmigo- obligaba ciega y sorda a empujar una enorme roca a la cima de una gran montaña (el Patriarcado), para después rodar cuesta abajo e irremediablemente reiniciar la tan absurda tarea de inicio; cada día de mi vida, cada vez más frustrante, cada vez más violenta y yo cada vez más llena de tristeza y rabia. Así, esa tarde, esa Sísifo cambiaba de nombre, ya no era un castigo que estaba obligada a cumplir. Todo cobraba sentido en voz de aquella mujer y si su pronóstico era acertado, mi vida correría serio peligro meses más tarde.
Una noche de septiembre, una amiga literalmente me rescató de un episodio de violencia potencialmente feminicida, al otro lado del teléfono me dijo “Salte de ahí, yo te apoyo ¿qué necesitas que haga?”. Sólo quédate aquí, le dije y así lo hizo. Esa misma noche la mujer más cercana, mi madre, me abrió las puertas de su casa y me brindó cobijo incondicional aún a la distancia, el refugio que mis hijos y yo necesitábamos
También he testificado cómo otras mujeres son aplastadas por la cultura patriarcal que se cuela hasta en la sopa y todo lo contamina: a veces son sus parejas que no cesan de llamarlas tóxicas por exigir el cumplimiento de los acuerdos o que las tachan de incumplidas con las labores caseras; he visto a muy queridas amigas ser despedidas de sus empleos por no poder cumplir con la empresa y ejercer su maternidad, he visto a otras ser acosadas en la calle y ser insultadas por ceder o no a las intenciones románticas.

En esta realidad donde frecuentemente se ejerce la violencia machista y la misoginia en todos los aspectos de la vida, desde mi autonomía y aferrada a las redes que otras mujeres me tendieron, formé mi tribu; en donde la confianza y la ternura son la fuerza del apoyo mutuo. Reconozco, no podemos salirnos del todo del sistema patriarcal, porque la inercia es muy fuerte, pero podemos rebelarnos contra él y desconocerlo como lo hicimos con otras instituciones sociales (iglesia, matrimonio, y si, también al Estado feminicida). Neguemos con actos y coherencia el dicho “mujeres juntas ni difuntas” juntándonos y apoyándonos.
No somos competencia, somos compañeras la una de la otra, porque unas sueñan y se apasionan y otras reflexionan y planean, la unión hace la fuerza. No podría decir que todas las mujeres que me rodean son anarcofeministas, es más, algunas ni siquiera se identifican como feministas, sin embargo “hechos son amores y no buenas razones”.
Y no, no se trata de evaluar a las mujeres para obtener un buen puntaje en el feministómetro. Ser sorora implica reflejarse con las otras, solidarizarse y crear redes de apoyo para que todas superemos las barreras que el género y el patriarcado nos han impuesto, tender la red y darnos el empujoncito que el Estado y las instituciones nos niegan, para que las que estén cerca tomen/tomenos las riendas de sus/nuestras propias vidas y, a su vez, apoyen a otras y esas otras a otras.
Nos rebelamos desde la ternura en contra de un sistema económico y un estado neoliberal que nos exige producir y laborar, pero que no ofrece las condiciones materiales para combinar la maternidad y el trabajo, cuando cuidamos y la ejercemos compartida con otras para que éstas puedan ir a laborar aún con la cría enferma o ¿por qué no? para que la amiga se vaya a disfrutar de la vida un rato, o cuando consumimos y apoyamos lo que otras compas producen con sus manos.

Nos rebelamos en contra de lastimar u obstruir a otras mujeres, cuando hablamos con la verdad y la otra se vuelve nuestro espejo. Nos rebelamos en contra del amor romántico cuando optamos por relaciones sexoafectivas igualitarias en donde el compromiso es el apoyo afectivo, y la monogamia o la apertura es elegida libremente y no mediante la coacción o el miedo a ser abandonadas. Nos rebelamos en contra del Estado cuando desconocemos un gobierno de cómplices de violadores y feminicidas en el poder, por carismáticos que éstos sean y aún a pesar del interés personal. Nos rebelamos en contra del patriarcado cuando decidimos creerle a la desconocida que señala al agresor y lejos de cuestionarla a ella lo increpamos a él.
Durante este viaje que empezó con la búsqueda de mi libertad y de mi autonomía he recibido el apoyo de mujeres valiosas que me impulsaron e inspiraron primero para salvar mi vida, luego a alzar la voz por mí y por todas las demás, y que con cariño me han guiado en este camino con ternura y desde la rebeldía.
Lilith Ana “Nigromante” Grecco nació entre nubes de smog y edificios del D. F., desde morrita siempre fue salvaje pues le gustaba treparse en los árboles, mecerse en una rama y tirarse en el pasto a ver las nubes. Además de ser libre, es madre, hermana, amiga y excelente cocinera, poler, docente y Antropóloga Física anarquista de la agonizante ENAH.
EXPERIENCIAS ZANKAS

En sus ojos yace la muerte
Mis hebras doradas se retuercen alrededor del poste grisáceo, manteniendo en un radio de al menos cinco metros, a un potro blanco con su cola de seda y sus ojos azabache que no reciben imagen alguna del sitio que le resguarda. Un pueblo con casitas donde los muebles empolvados sienten solo las caricias del viento y en él, las vibraciones provocadas por una melodía de violín.
Se estiran un poco mis entrañas al intentar alejarse el animal de su entorno árido; sin embargo, no me hace ceder, mi temperamento es firme. De pronto, escucho los quejidos del caballo. Con aquel relincho sonoro, descorazonador y de inmediato a éste, su voz gruesa.
– No me mantengas prisionero, no otra vez- suplicante me dirigió su deseo.
– Caballo que emites palabra después de tres anocheceres ¿es que la lluvia ha oxidado tu firme orgullo?
– Atrevida eres, desgastada cuerda de cáñamo, al mencionarla sabiendo que ya no está ¡desgraciada!
– Pero lo estuvo hace un mes, una solitaria gota bastó para doblegar tu corazón ardiente ¡iluso! Agradecerme deberías, de no dejarte galopar hacia su encuentro, de mantenerte estable en tu zona segura, te limito a que le admires en la lejanía que te engulle conforme el tiempo se desliza en línea, alejándose de su origen incierto.
-Pero ni me detendrá el tiempo, porque correré en su contra, aunque encuentre retozando solamente el recuerdo de su ausencia, incrustado en el rocío etéreo del alma. Sé que tu límite rebasaré con mi aplomado paso, hasta que cedas, por lo tanto continuaré con mi labor ¡Me libraré de ti!

Inmediatamente tiró de mí. Otras tres noches, en las que la tierra se volvía denso humo y el caballo comenzaba a hundirse, luchando por no ahogarse, pobremente lo mantuve con su cuello estirado, asfixiándole de otra manera, hasta que de la arrebolada mañana resurgió por el horizonte marcado. Tales sucesos se presentaron continuamente, por lo cual llegué a creer que una de esas noches perecería consumido por la magna soledad, representada por el frío y debido también a mi inquebrantable promesa de no soltarle nunca.
Empero, una tarde calurosa en cuyo cielo se fusionaban dos realidades, dos fenómenos diferentes, el quieto día y la atrevida noche, y las estrellas otoñales bajaban confundiéndose con luciérnagas cristalinas, el potro reclamó su libertad, rompiéndose así mis deseos de mantenerle en la misma zona. Fue entonces que partí rodeándole el cuerpo, soportando su imponente paso. Entre tanto, se agrietaba la tierra, por esos surcos resbalaba el agua, intentando adherirse a mi acompañante nocturno y cuyas gotas se soltaban transformándose en chispas que arrojaban una estela lumínica, siendo un bello acto destinado al olvido, que sólo aguardaba la nada.
Anduvo así, siguiendo el contorno de una dama de viento, con cabello de nube, sus ojos: dos satélites. Inteligible ella le indicaba que se apresurara, no obstante, su grácil presencia se difuminaba hacia la lejanía; de repente el silvestre caballo cruzó de la húmeda tierra al nebuloso piso contiguo donde atrapado quedó, impotente, no sabía qué le retenía ahora, pues en su mirada habitaba únicamente la imagen de la mujer con la que iba a reunirse. Siendo así tal tragedia, la joven dio un salto desde lo alto de la bóveda celeste, y levitó frente a su amigo, luego se inclinó para besar su tupé, su mirada se clavó en los ojos de él.

-Jamás he de olvidarte mi dulce acompañante, aún si no existo, tu esencia quedará arraigada a la mía, sé que nos volveremos a ver aunque sea en los sueños de alguien más y podremos declamar la poesía que se forma al cruzar nuestras miradas…
-No puedo dejarte, no así de cerca de devolverte a mí, quédate a mi lado aunque se estanque mi vida, si tú estás aquí, es más fácil olvidar el dolor, porque tú no debiste alejarte aquella noche.
-Se escapó una gota de rocío de alma.
-Jamás debiste haber albergado el recuerdo de mi ausencia. Ahora, por favor, guárdalo con fuerza, hasta que los detalles se consuman.
La dama esbozó una tranquila sonrisa. De pronto, una ráfaga de viento la dispersó, sus diminutos ojos cayeron hacia la cabeza de su amigo e instantáneamente comenzaron a orbitar. Fue así como el caballo se convirtió en constelación.
Nereida Fernández Arce. Soy estudiante de Contaduría Pública en el Instituto Tecnológico de la Costa Grande, en mis tiempos libres dibujo y hago redacción de cuentos.

Las feministas de mi vida
No es que fuera yo muy macho, pero en Uruapan en los tiempos de López Portillo, se suscitaban crímenes de odio homofóbico, recuerdo un lote baldío en el camino a la escuela donde apareció un muerto a pedradas. Daba miedo saber que había vecinos que se apasionaban tanto por los diferentes “en este pueblo no hay maricas porque los matamos” parecía decir el hecho.
Mi papá no dejaba trabajar a mi mamá, como habían hecho mis abuelos, parecía que era lo normal en sus tiempos.

En la prepa, en el área de ingeniería, éramos puros hombres, estábamos en el turno de la tarde y era común irse de pinta al cine, uno de los compañeros que parecía “normal”, risa y risa y jajaja, hasta que el periódico local lo puso en la nota policiaca, fue detenido porque perdió el control de su modus operandi. Solía juntarse con otros en su carro subían una chica y le daban yumbina.
Al llegar a Morelia a la universidad, nuestra sección se ubicaba en el primer piso del edificio “C”, los minutos entre clases solíamos ver el pasillo de acceso a la entrada principal, le llamaban “El balcón de los calientes” y la mayoría aprovechaba la bolita para “piropear” a las chicas de conta y arquitectura que pasaban a su edificio.
En medio de un colectivo, donde hacíamos un fanzine, conocí a Liz, nos ofreció el esténcil que tenían el grupo con el que militaba -sobrevivientes de la izquierda moreliana de los ochenta- así, bajita la mano nos fue acercando a la moral nueva y al feminismo que abogaba por emparejar las cosas, nos mostró nuestros micromachismos y dejamos de piropear, si íbamos a hacer la revolución deberíamos empezar por nosotros mismos, dejando de molestar a las camaradas para ser más libres todos y todas.
Gracias a Liz mi matrimonio se forjó en la base de repartir los gastos comunes al 50%, lo cual hizo casi dos décadas de amena integración de camaradas socialistas que repartían los recursos; hasta que una parte, de pronto ya no tuvo como dar su parte y tuvimos que hacer una separación lo más pareja posible.

Primero me dijeron que ya no querían nada conmigo, después hubo que responder una demanda de disolución por falta de interés. Acepté de buena manera, un No, es No y significó no insistir para no hacer la cosa molesta con quien ya le quedó claro que no.
Antes de ir al juez me debatía entre contar los gastos y discutir los montos justos, pero mi amiga Feminista Marejada me aclaró que una cosa era el dinero de la pensión y otra los gastos por convivencia, así que ahora gracias a dicha claridad, ya no se revuelven y las cosas van mejor con ese apoyo en tiempo y forma. Eso sí, una buena parte de mis ingresos se va en la convivencia con hijo e hija, pero la pensión, tal cual lo pidió el juez, se entrega íntegra para no ejercer violencia económica. Si les fueran a disparar, me pondría entre ellos y la bala con tal de convivir.
Arnoldo Tapia. Ingeniero civil, actor, escritor de crónicas y expedicionario. Aprendiz de la despratriarcalidad, padre de familia contemporánea.

BÚSQUEDAS
Encontrarnos
y reconocernos es un acto político
Por mucho tiempo tuve una idea equivocada de lo que era la política. Creía que ésta solo se daba en las instituciones políticas dirigidas en su mayoría, por hombres; creía que era importante ser nombrado ‘’político’’ para poder hablar de ello; creí que, solo participando en actividades convocadas por éstos, me permitirían ser una sujeta política; pero lo más grave es que, creí que era algo ajeno a las mujeres, que solo le pertenecía a los hombres, sobre todo, aquéllos con poder económico y político.
Leía mis libros en la Universidad, mientras estudiaba la política y lo político en palabras de autores, nunca autoras. En todos, hablaban de cómo el hombre manejaba el poder, como el pueblo se los otorgaba a través de procesos democráticos, supuestamente. Cómo un hombre era la voz de todos. Y así, siempre hablando en masculino, siempre hablando de ellos, pero nunca de nosotras pareciera que habíamos sido borradas de la Historia.

Por muchos años la palabra de las mujeres fue silenciada, nuestra importancia dentro de las decisiones de la política que implicaba el desarrollo de un país, fue invisibilizada. Por años minimizaron nuestra participación, nuestras aportaciones en este campo y la defensa de los espacios que debíamos ocupar las mujeres; con esto también se violentaron nuestros Derechos Humanos.
Me tomó mucho tiempo entender que me hacía falta escuchar la voz y leer las palabras de otras mujeres. Me faltaba encontrarme y reconocerme en ellas; me faltaba conocer la política que se creaba cuando un grupo de mujeres se reunía a hablar de lo que nos pertenecía, de lo que formábamos y creábamos en colectividad, de lo que nos fue arrebatado.
Y fue así como llegué al feminismo. Me tomó muchos años entenderlo como un movimiento social y político, que surgía de mujeres reunidas, con intereses, fines, objetivos, luchas similares, pero que las unía no la necesidad de poder o riqueza, sino el interés por salvarnos unas a otras.
Hacemos política para salvarnos, para liberarnos.

Ahora, encontrándonos, reunidas, tomando los espacios que nos pertenecen, existimos y resistimos. Las feministas estamos en todos lados, y haciendo participando en la política desde nuestros espacios. Estamos trabajando o estudiando, algunas hacen ambas, o ninguna; estamos en casa, con nuestras hijas e hijos; estamos en redes sociales, creando contenido y compartiendo información para que llegue a miles de mujeres; estamos en las escuelas, impartiendo conocimiento a niñas y jóvenes; estamos afuera, en las calles, tomando instituciones, marchando, manifestándonos de todas las formas posibles; estamos creando talleres, espacios de formación feminista; estamos en las instituciones, en albergues, en casas de ayuda a mujeres víctimas de violencia machista. Estamos apoyando y acompañando a mujeres con las herramientas que tenemos.
Hacemos política, una distinta, una que no se iguala a la de los hombres.
Liliane Lacunza, (1994). Politóloga y estudiante de Políticas y Proyectos Sociales. Escribo y milito el feminismo. Me gusta crear espacios donde las mujeres nos reunimos a reflexionar lo que nos interesa y compartir nuestras historias.
No soy Jennifer López

Miro en el reel de una red social que Oprah Winfrey le pregunta a Jennifer López sobre sus mantras diarios, cuáles son las sentencias que ella se dice a sí misma cada día. Ella responde: “somos abundantes, estamos bien, tenemos salud, soy suficiente”.
Me repito los mantras sin éxito. Sin duda, no soy Jennifer López. No tengo seguro de salud médico y mi cuenta no tiene millones de dólares, no tengo una o varias casas propias.Qué difícil es ser Jennifer López en un mundo en donde las instituciones de salud son precarias, igual que las oportunidades laborales. Difícil serlo en un mundo discriminatorio, clasista y superficial.
A todas nos gustaría ser Jennifer López, estar en su piel, su cuerpo, pero sobre todo, nos gustaría la seguridad de que no nos van a matar yendo a buscar trabajo; que si vamos de compras, alguien no nos dejará tiradas en un lote baldío luego de abusar de nosotras y estrangularnos.
Qué difícil ser como Jennifer López en un país feminicida y decirnos en un mantra diario, “todo va a salir bien, tengo salud, soy suficiente, estoy bien”.
Sofía Alvarado Cortés. Soy escritora y viajera, estudié Literatura en Michoacán, formo parte de Les Comala, dueto de son jarocho. Amo leer, ver pelis, ir a la playa, pero por sobre todas las cosas: escribir.
DESMESURA DE
LAS VOCES Y LOS VIAJES
Verde luciérnaga
Me llamo Sofía, soy escritora y viajera; ahora me muevo entre el sureste mexicano. He recorrido diez estados en ocho meses, arriba de una motoneta Italika, junto a mi pareja. Partimos de la Costa Grande de Guerrero, a la que llegué hace treinta años, en mi primer viaje, un remolino oscuro que desembocaba en el Pacífico, en un autobús que hizo más de treinta horas. Atrás nos seguía la mudanza: bases de madera, colchones, espejos, libros, fotografías en blanco y negro, mesas, sillas, enciclopedias, los anteojos de mi abuela. Todo cupo en aquel camión, menos la tristeza, que se veía a 1424 kilómetros de distancia; menos aquellos niños que aún éramos, aquella madre revuelta por el oleaje que fueron los ojos, la sonrisa, las manos de aquel niño que fue mi padre.
Desde esa noche soy nómada, una viajera. Sé que los hogares pueden ser transitorios, llevarse dentro o encontrarse más allá de los espacios físicos; recorro lecturas y paisajes, me reconozco en las palabras y en los caminos.Mi viaje, como ya lo decía Céline, es por entero imaginario, va de la vida a la muerte, y de regreso.
*

La casa de la infancia fue un lugar frío y oscuro, teñido de misterios que me hacían hablar en otro idioma, mirar las esquinas y los espejos como sombras de animales que amaba en lo profundo de mis sueños. Las luciérnagas se paseaban entre los mandarinos y los manzanos de mi jardín, me gustaba mirarlas centelleantes de verde.
En aquella casa no había ventanales para la luz y de día o de noche, la oscuridad se movía como una de nosotras. No nos importaba, mi abuela era ciega, había perdido la vista años antes de mi nacimiento. Siempre pensé que yo misma perdí lo mejor de su vida en la luz, la agilidad que cuenta mi madre para hacer de todo acto un sin sentido, un chiste absurdo.
De alguna manera, lo extraviado se siente como un pasillo aluzado de verde, al que no tuve ni tendré acceso, un acontecimiento olvidado en el tiempo, en la noche de los ojos de mi abuela, en las tonalidades de las luciérnagas que andaban entre los árboles.
Cuando era niña, pensaba que mi abuela nos miraba detrás de sus lentes oscuros, detrás de la concavidad sin ojo, de su ojo azul petrificado. Estaba segura de que un día prendería la luz de los pasillos y andaría sin tantear las paredes. Pensaba que no ver era como jugar a las escondidas, ocultarse detrás de la mirada y contar hasta diez, mientras los demás se iban un momento atrás de los espejos o de las cortinas.
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Ahora, durante este viaje, me oculto un poco yo misma, me vuelvo anónima para los otros a quienes veo un momento, y desaparezco de quienes amo, me interno en una oscuridad marina, en un oleaje índigo y platinado, o en un camino que no termina. Desconozco otra forma de abismarme, de ser una luz entre los mandarinos y los manzanos, de ir de la muerte a la vida, y de regreso.

Silvia Chávez, Pescando Truchas 12, 2022
El viaje es la vida amplificada, los sueños a través de un vidrio que nos oscurece o nos da luz, que se empaña de algo parecido a la música.
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Salí y me encontré otra. Jalé fuerte del hilo, recomencé el tejido. Otra y otra y otra fui hasta mirarme,hasta sentirme yo. Penélope nómada, destejiendo la vida.
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Nosotras, las viajeras, conservamos aún en la memoria los sueños de nuestras ancestras nómadas, los sueños de las gitanas, de nuestras raíces migrantes, móviles, trashumantes.Somos la posibilidad del pasado, el movimiento de la vida, la reinvindación de las mujeres que esperan, el nudo desatado, la cobija deshilada de Penélope.
La decisión de mirar la luz y el verdor de las luciérnagas en la noche del mundo.
Sofía Alvarado Cortés. Soy escritora y viajera, estudié Literatura en Michoacán, formo parte de Les Comala, dueto de son jarocho. Amo leer, ver pelis, ir a la playa, pero por sobre todas las cosas: escribir.
Activista feminista
1. ¿Cómo te autodefinirías? es decir ¿quién eres y para qué?
Soy una creadora de espacios para nosotras, además de estudiante de una segunda carrera que me interesa por las herramientas que me proporciona para el acompañamiento a mujeres en situación de violencia (Psicología).
2. ¿Por qué trabajas con mujeres y qué sientes cuando lo haces?
Cuando estoy con mujeres jóvenes o adultas me interesa llevar nuestra vida cotidiana al espacio de la reflexión y el acompañamiento del pensamiento feminista, retomar todo lo que nuestras genealogías nos han dado para pensarnos otros mundos posibles. Al hacerlo me siento plena, como si entre todas les diéramos continuidad a un movimiento político que lleva siglos.
3. ¿Qué relación estableces entre tu activismo feminista y las revoluciones y/o luchas sociales en Guerrero?

En el año 2016 no había tanta organización de manifestaciones, me tocó organizar el #24Abril ¡vivas nos queremos! En Chilpancingo y fue maravilloso, porque dio pie a la organización y visibilidad de una lucha feminista viva y con presencia en las plazas y en las calles, además de emprender con cursos gratuitos para hacer llegar el pensamiento feminista a cada vez más mujeres, de ahí el surgimiento de proyectos como Fembulante que tiene como objetivo un feminismo itinerante que sea de todas y para todas. La presencia de la batucada en las movilizaciones también fue otra forma de sacar la rabia, además de nuestras consignas y pancartas, hemos mantenido esa llama viva que nos convoca a luchar contra las violencias machistas que vivimos las mujeres en Guerrero, fueron estas movilizaciones que pusieron a Chilpancingo en el foco internacional por ser una ciudad demasiado insegura para las mujeres, considerada por la ONU como una de las ciudades más peligrosas para las mujeres en México. Tenemos infinitos reclamos u quejas que con la organización y articulación hemos podido darle visibilidad.
Yolitzin Jaimes. Activista feminista, fundadora de las Revueltas en Chilpancingo, estudiante de Psicología. Vocera de la Colectiva Nacional Feminista (CONAFEM).





