YOSOYNOSOTRAS III

MUJERES TRABAJADORAS EN GUERRERO

Marzo – Mayo 2020 No. 3

Esta vez el trabajo de cocineras, costureras, panaderas, barrenderas, enfermeras, trabajadoras domésticas, vendedoras, maestras, recepcionistas, pescadoras y como siempre artistas han enriquecido nuestra plataforma. Este trimestre ha estado lleno de labores, cambios y relaciones dentro de los hogares, la gente empezó a sentirse enferma aunque no lo estuviera, los hospitales a colapsar antes de la llegada de pacientes y al principio y al final: las mujeres. Agradecemos a las que contuvieron el miedo, la desesperanza y la economía en las familias guerrerenses y mexicanas, acompañamos a las que tuvieron que denunciar a sus agresores tras una contingencia que parece infinita, aplaudimos las iniciativas que otras mujeres han/hemos empezado a tener, generando contenidos, acercando formas de contacto y autocuidado, abrazamos a las mujeres que perdieron a algún ser querid@ y honramos a quienes partieron de este mundo para darle lugar a otras generaciones. Quienes tenemos la libertad, la salud y la fuerza para vivir, resistamos, deleguemos, compartamos ese trabajo que a veces nos agota o nos aleja de lo que sí queremos hacer. No olviden escribir y contactarnos nos gustaría mucho saber qué sienten o piensan después de leernos.

NUESTRAS SECCIONES

ANCESTRAS EXPERIENCIAS ZANKAS DE AMORES ROMÁNTICOS Y NO ROMÁNTICOS TAMBIÉN BÚSQUEDAS DESMESURA DE LAS VOCES Y LOS VIAJES


Etérea Cura, ACTUAR DESDE EL SER, 2017

«Mujeres y trabajo, tema que me apasiona capturar, empiezo por las mujeres de mi linaje, las de mi pueblo, Pantla, Guerrero, las de todo México y demás latitudes…»

Etérea Cura, GRANDES POSIBILIDADES, 2015

«Miro una brecha de desigualdad e inequidad con los varones que aún es abismal, no contamos con las mismas oportunidades, percepciones salariales, tratos y los techos de cristal regularmente son para nosotras, las mujeres.»

Etérea Cura, FLORES DE MAÍZ, 2011

«Somos las manos que también sostienen cada vida en este planeta. Hoy más que nunca urge asumir la mirada integradora -yo soy nosotras- y nosotras somos un yo multicolor.»

ANCESTRAS

Etérea Cura, TRABAJANDO LA VIDA, 2011

¿Qué quiero contar?

Nancy Ramírez Juárez

Mi abuela murió cuando yo tenía veinte años, debo confesar que no fue su partida lo que me impresionó, sino el hecho de presenciar el dolor que esto le causó a mi madre, en ese momento comprendí que la muerte no es dolorosa para quién se va, es para quién se queda.

Transcurrieron algunas semanas, mi madre se reponía de a poco, yo la acompañaba en el proceso, le ofrecía mi afecto y algunas palabras de aliento. Pero… cada que las expresaba sentía que no formaban parte de mi pensamiento, quiero decir, de la percepción que me estaba formando de la muerte, lo que puede haber o no más allá de nuestra existencia. Fue en ese momento que comencé a plantearme ¿Cuál es el sentido de la vida?

Esta interrogante me hacía sentir intranquila, la muerte no era para mí un paso trascendental. En este andar me puse a investigar, las primeras respuestas las obtuve de la biblia cristiana, al inicio me cautivaron, pero conforme pasaba el tiempo, sus argumentos me parecían ilógicos, llenos de fantasía, misoginia y pretensión.

Pasó un mes luego de haber dejado el estudio de la biblia, la confusión me desorientaba, sentía que me había quitado una venda de los ojos, pero el nuevo escenario me asustaba. Ahora ¿En qué iba a creer? ¿De cuál pilar de la sabiduría me iba a sostener? Así transcurrió un año, leí a Saramago, Orwell y Huxley.

Con Saramago me convencí que iba por buen camino, la religión no ha unido jamás a la humanidad, sólo es una tortura. Con Orwell me di cuenta de la imagen tan humanizada que le otorgan a las diferentes deidades, del poder absoluto que obtienen los líderes políticos a partir de los dogmas. Finalmente, Huxley me dejó clara la postura excluyente y nacionalista del clérigo.

Encontré de nuevo la tranquilidad al ir dejando de lado la religión y la idea de un creador tirano, vengativo, omnipotente. En ese momento sentí libertad, de ser, de pensar y de actuar. No había un ojo vigilante, ni un oído receptor de oraciones absurdas, que debía repetir sin sentido. Ya no perdería más mi tiempo en eso. Podría dar paso a conocer el mundo en el que me encuentro, lo único que tengo, mi propia vida.

Eso es lo que quiero contar, de cómo abracé la libertad. Soy atea de clóset.

Foto. Susana Miranda, Ilustradora http://susanamirandailustracion.blogspot.com/2010/12/hipatia-de-alejandria.html

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Nancy Ramírez Juárez. Michoacana de nacimiento, pero Zanka de alma y corazón. Rota y reconstruida por elección, de espíritu nómada, amante de las novelas, del cine, la música y el folcklore.

Clarividencia

Carmen González Ramírez

Todo comienza con una cantidad de energía especial. Parece fácil, pero, para mí no es tan sencillo como los expertos dicen. Me llega esa energía, las ganas, pero también la duda: ¿podré hacerlo? Me atrevo, sin miedo, como si fuera experta. Tomo el libro, elijo la receta, la estudio, como inexperta. Preparo la mesa, la barra de cocina, la limpio y me pongo el mandil, como si ese objeto fuera mi capa de heroína. Me siento poderosa, capaz. Continúo con los ingredientes, -repaso la receta- los peso, los mido -regreso a la receta- los calculo, los separo -vuelvo a leer la receta- los acomodo y, finalmente, me trueno los dedos de las manos, inhalo y exhalo, me acomodo el mandil y comienzo el ritual.

Sigo las instrucciones al pie de la letra: hago la fuente con harina, sal, levadura, sigo con los líquidos, mezclo con mi mano izquierda por si necesito la derecha para repasar la receta, tomar los ingredientes y no dejar todo lleno de masa. Sigo revolviendo con la izquierda, la mano se me cansa a veces. Después incorporo la derecha y empieza lo bueno.

Hace poco vi a la tía Julia, hermana de mi abuela Rosenda, mamá de mi papá. También estaba en la mesa la tía Nelly, la hermana más chica de ellas. Mi abuela y sus hermanas aprendieron a hacer pan cuando eran niñas. Su mamá, mi bisabuela Jovita, fue quien les enseñó el oficio. Un trabajo que no solo ellas realizaron, también mi abuelo Pancho fue panadero. El papá de mi papá hizo pan; sus hermanos también, pero esa historia la desconozco.

Me identifico con ellas, con las mujeres, con las niñas que obedecían a la bisabuela, una mujer con capacidad de clarividencia, que te echaba las cartas. Una mujer buena, noble, una abuela sabia, generosa, bajita y menudita, a quien recuerdo con una “coronita” al tiempo, a la hora de la comida, cuando la íbamos a visitar. Sonriente y calmada, con ojos grises por los años, con caminados lentos pero con la última palabra. Ella les pedía a sus hijas que trabajaran la masa, y así yo, comencé a trabajarla.

Los únicos movimientos de amasado que aprendí hace cuatro o cinco años en Guadalajara, en un diplomado intensivo de gastronomía, cuya primera clase práctica fue hacer pan, son los que hago siempre al iniciar el proceso. La mano derecha avanza hacia adelante y a la izquierda, como en diagonal y regresa. Después la mano izquierda hace lo mismo hacia adelante y en diagonal a la derecha, regresa y se repite sucesivamente. Así, por un buen rato se lleva y se trae la masa como la mirada vital y fértil de mi abuela. El objetivo es activar el gluten que tiene el trigo, lo que hará que la masa ser elástica, se pueda manejar.

Amasar me hace feliz. Y es que “trabajar la masa”, como decía mi abuelita Jovita, requiere de mucha dedicación, mucho esfuerzo, mucho tiempo y mucha atención a la reacción de la mezcla, porque tampoco es bueno trabajarla de más. Entonces amaso, y con el paso de los minutos me voy cansando, pero no me detengo. Cambio los movimientos: ahora levanto toda la masa y la choco contra la mesa, esos golpes ayudan también. Amasar es como si lavaras ropa a mano, otra actividad clara de las mujeres que cuidaron de nosotras en la familia, son básicamente los mismos movimientos.

No hay una ocasión en la que no piense en ellas mientras hago pan. Las imagino en una parte de su casa, al lado del horno de tierra, con instrumentos tradicionales, técnicas y recetas infalibles para obtener el mejor pan. Las imagino a todas con maestría, como artistas quienes con todos sus movimientos de amasado, de horneado, de organización, lucen. Pienso en ellas y me cacho sonriendo, esa imagen inventada en mi cabeza se convierte en una fuerza poderosa que me recuerda de dónde vengo y agradezco la herencia que me dejaron, sin siquiera saberlo. Podría ser una simple coincidencia en la familia, pero yo prefiero pensar que mis abuelas me dejaron esta clarividente encomienda para seguir con su oficio, una tradición que tal vez nunca pensaron llegaría a ser.

Fuente. Colaboración anónima, Zihuatanejo 2020.

Pasan los minutos y termino de amasar. Ahora el reposo. Mientras limpio -repaso la receta, el procedimiento- no quiero que se me pase ningún detalle. El famoso “hasta que doble su tamaño” equivale a tres o cuatro horas. “Paciencia, Carmen, no te apresures, deja que la masa haga su trabajo”. En ese rato me acuerdo de las pláticas con mi tías Julia y Nelly esa última vez que nos vimos. Me explicaron cómo hacer las piezas de pan que ellas hacían. A veces la tía Julia corregía a la tía Nelly, pero casi siempre llegaban a la misma conclusión. Yo trataba de anotar en el celular, verlas a los ojos e imaginar los movimientos de sus manos en la masa: “la novia”, “la muela”, “la trenza”; estas piezas platicadas nos daban para una charla de varias horas con café y, por supuesto, más pan.

Dobló su tamaño. Ya puedo dividir la masa en pequeñas porciones para pesarlas, aunque seguramente ellas nunca tuvieron que hacerlo. Me imagino que la experiencia les permitía calcular a mano y con precisión clarividente cada porción. Reposo otra vez, hasta que doble volumen. Paciencia.

Un par de horas después, al horno. Toda mi infancia lo vi lleno de ollas y trastes grandes de cocina, jamás en casa de mi mamá se le dio el uso. Cuando aprendí a usarlo, también me hice un poco clarividente, se convirtió en una pantalla desde donde podía mirar la masa convirtiéndose en pan dulce, salado, en un pastel, en alimento.

Dicen que cocinar para otra persona es una manera de demostrarle tu amor. Definitivamente hacer pan de inicio a fin para que alguien más lo disfrute, es una enorme manifestación amorosa, de cariño, dedicación e interés. Lo más bonito de todo el proceso es sentir que las piezas de pan que acabas de sacar del horno huelen riquísimo, se antoja devorar… y una vez más, hay que aludir a a la paciencia y esperar a que enfríen un poco; el gusto por hacer pan, me ha orillado a desarrollarla, y ahora la combino con emoción, porque sé que esa espera vale la pena.

Y mentí, porque lo más bonito de hacer pan no es sacarlo del horno. La neta, ver que las personas abren los ojos grandísimos mientras asienten con la cabeza, y sonríen con la boca llena, es otra manera de percibir felicidad, satisfacción y orgullo. A veces, siento que mis abuelas siguen vivas a través de este oficio, de mis manos, de la emoción que me da cada vez que comienzo a amasar, o que me asomo a ver cómo se levanta la masa, o cuando saco el pan del horno, y en definitiva, cada vez que alguien hace la prueba final: comerlo.

Yo no sabía que mis abuelos y mis abuelas habían sido panaderos. Me enteré cuando le dije a mi papá el deseo que tenía de profesionalizarme en este oficio, justo después del diplomado. Sonrió, “Pues cómo no, tus abuelos hacían pan, mis tías hacían pan, tu abuelita Jovita hacía pan. Claro, ya lo traes en la sangre” en ese momento lo comprendí todo. Mis abuelas no sólo heredaron algunos de mis rasgos físicos, sino también la capacidad de ver lo que otros no ven, me obsequiaron la magia de las manos y me entregaron sutilmente la estafeta de un oficio valiente, de fuerza y dedicación. Hacer pan es también mi manera de conectarme con ellas, con mis raíces y con esa energía especial.

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Soy Carmen. Nací y vivo en Ixtapa Zihuatanejo, tengo 33 años, dos perros y un balón de futbol. Egresé como publicista pero me dedico a administrar el negocio familiar, un restaurante de cocina tradicional mexicana. Estoy iniciando el camino de la panadería y creo que “a mano es y sabe mejor”.

Agua Salada

Etérea Cura

Tierra-mujer, significa el nombre del pueblo donde la vida pasa despacito, despacito, ahí el sol ardiente raja las blancas olas del mar bravo, el bullicio es peculiar en ese lugar de palmeras y papayales. Desde las cinco de la mañana se empieza a escuchar a los grillos cantar, los bramidos de los cuches y vacas a desfilar por la calle principal antes de ser sacrificados, el insoportable ruido de las cortinas de los negocios y el saludo de la gente; ¡buenos días niña! Pelando los dientes responden !buenos días madre!, así es el saludo entre las mujeres que muy temprano van al molino con su charola de maíz.

De pie recargada en aquella ventana con sus grandes ojos miraba caer gota a gota que se derrumbaban intensamente aquella mañana, su corazón se estremecía por el choque que producía al ver que el rocío de la vida se sumergía con fuerza en aquel lodo, cientos de gotas iniciaban incansable ritual, tocaban el suelo y como negándose a desaparecer empezaban a oscilar, a dar vueltas debatiéndose por no desaparecer, mientras una danza de pequeñas chispas transparentes bailaban a su alrededor, así se pasaba horas entre la contemplación y los bruscos movimientos de su corazón.

Esa mañana el puerto tenía un raro color, el cielo era gris con lámparas negras, las cuales confirmaban que seguiría llorando, una voz estridente interrumpió aquel estado de fascinación y del melodioso sonido de la lluvia; – Elena-, como siempre fueron las piernas quienes reaccionaron primero, en un santiamén apareció una mujer delgada, tez apiñonada, ojos pequeños, labios semicerrados, los cuales se abrieron como fauces y vomitando una voz que salía desde las uñas de los pies, -¿dónde estabas?, ¿qué estabas haciendo? Y sin dar tiempo para responder – te quedas a cuidar la tienda – sentenció la extraña mujer, – sí, ya voy respondió Elena con la resignación pintada en los ojos.

Entre carretillas, alambre de púa, manteca, queso, medicinas, sardinas, mangos, papas, sandias y refrescos miraba alejarse a la progenitora de sus días, –me emputa estar en la pinche tienda, sino fuera por estas revistas que intercambio son Susana no sé qué haría,… -a ver cuál no he visto… Águila Solitaria ya, Kalimán o la de las caritas tristes y alegres no, pues… Kalimán el mundo de los poderes del hombre de ojos color verde y turbante hindú me enseña a concentrarme. Así lo decidió, sentada en aquel sillón, pasaba las horas cuidando la tienda, de pronto escuchó – ¡quiero! – qué quieres contestó de mala gana, -un chicle-, -no hay-, -yo los estoy viendo-, –pues agárralo- –cuánto es, – un peso, – –aquí está- –déjalo ahí-, –¿y mi cambio?, –ay , llévate el chicle, terminó diciendo con el cuento de Kalimán pegado a los ojos.

“Como me cae gorda la gente “ repetía es su interior, venir a comprar cuando estoy leyendo. Cerraba los ojos, respiraba lenta y profundamente y en ese momento se imaginaba que Kalimán le decía al oído, serenidad y paciencia pequeña Elena.

Fuente. NIÑA QUE ESCUCHA https://elpais.com/elpais/2017/11/01/album/1509543466_974451.html#foto_gal_2

Entre cliente atendido y regañando llegaba la tarde, su madre apareció y con una voz compasiva le dijo –ya me quedo aquí, si te quieres ir a jugar vete-, Tomó unas frituras y subió a su cuarto, prendió la radio, se tiró a la cama y con la mirada en el techo, paso horas así, su rostro brillaba con el sudor que bajaba tercamente por su cara, por más que lo limpiaba con la almohada. De pronto salió un quejido de su boca, se levantó, arregló su vestido, se peinó, se acostó en el piso fresco, estiró sus pequeños brazos debajo de la cama, jaló un libro de pasta roja, el cual leía litúrgicamente todos los días, se quedó profundamente dormida abrazando aquel viejo libro como si fueran los únicos brazos que la sostenían en su niñez. Elena volvió a escuchar los gritos de su madre, respondió amodorrada -¡si ya voy!- -¿qué pasa?- Surte el refrigerador, tres cajas de coca, dos de Pepsi, una de fanta, una de Tehuacán, dos cajas de leche y poquitos jugos de cartoncito, dile a tu hermano que te ayude; arremangándose la blusa inició la búsqueda de su hermano; cerca de las once de la noche terminaron de surtir aquel refrigerador de marca filial.

Para finalizar el día, los tres cerraban las grandes cortinas que tenía aquel local, su madre siempre corría los pasadores, noche a noche recorrían un pasillo con una cubeta de manteca vacía que hacía el papel de caja fuerte, donde depositaban todo el dinero que juntaban durante la vendimia del día. Se deleitaban en contarlos una y otra vez, mientras lo hacían platicaban de la mercancía que no había en el pueblo, la cual ellas si tenían, obviamente subirían el precio, era la ley de la oferta y la demanda. Esa noche a pesar que aún llovía, sus poros estaban abiertos sulfurando agua sabor sal, las tres figuras en medio de bultos de maíz y cal, subían las escaleras azules con su cubeta llena de billetes, su madre la dejaba en un rincón de aquel cuarto que aún no tenía puerta, pero que servía de bodega. La cubeta caja –fuerte en la calurosa y húmeda tiniebla se quedaba en aquel sitio, pero nunca totalmente desguarnecida, un cuarteto de ratas intentaban noche a noche subir al borde para zambullirse al fondo de la cubeta y disfrutar el delicioso manjar que aquella mujer tan celosamente guardaba todas las noches.

Antes que los gallos, vacas y cuches empezaran a poner música al pueblo, Gloria abría su tienda, no sin antes bajar a sus hijos y la cubeta caja-fuerte; lo primero que hacía era contar el capital una vez más. Solo que esta vez se le heló el corazón, mil voces aparecieron en sus tímpanos, se talló bruscamente los pequeños ojos que se hicieron grandes como dos cocos; la cara de Don Vicente Guerrero mordida, Venustiano Carranza sin cabeza y Porfirio Díaz en pedacitos, sí las ratas en un festín se habían cenado sus billetes. Elena y su hermano se miraron de reojo y una ligera sonrisa se dibujó en sus labios, mientras que la madre decía su primera oración del día, -hijas de la chingada madre, pinches ratas malditas, pero hoy mismo acabo con ustedes, desgraciadas, aquellas palabras olían y sabían a dolor, como si se las estuviera diciendo a sí misma. -Ustedes vayan por las gelatinas y váyanse a vender- ordenó.

Entre las comisuras de sus labios se podía ver una babilla blanca, su piel se marchitó como si cien años se le hubieran venido encima, su mirada se tornó triste, tragó saliva y se despidió con un beso de sus hijos. Los dos agarraron las charolas llenas de gelatinas verdes, rojas y naranjas, su hermano se fue por la calle principal, -le regalo una gelatina, si me deja contarle un cuento-, los integrantes de aquella primera casa se sentaron a su alrededor, mientras él empezaba a relatar la historia de los billetes rotos; su hermana por su parte se comía las gelatinas, sacó el libro rojo que escondía debajo de la falda todos los días, antes de ir a “ranchar”, lo sacó con delicadeza, lo besó, abrió sus hojas las cuales estaban repletas de letras como si las vomitara cada mañana, ahí estaban las historias de su madre y de otras mujeres del pueblo costeño.

“En el más profundo azul de la noche escucho el choque de las olas con las rocas, cuando hay suerte sólo eso se escucha, es como un suave murmullo que en las sombras cálidas hace sinfonía en mi cama, luego abro mis ojos más y más, como si a fuerzas de extenderlos pudieran hacer realidad mi deseo, que esas olas que rompen a llorar en las piedras fuera la desgracia, la rabia, el coraje encarnecido, la ira frenética, pedazos de subjetividad, esparciéndose en la arena fina, que todas las desilusiones de cada mujer y hombre de mi pueblo, se hicieran ola de agua salada, para que cada noche exploten, revienten en un montículo de rocas que mudas hacen dique a lo inmisericordioso de la vida”.

“Ahí viene Delia, con ojos tristes y su cara llena de pliegues, camina erguida como si tratase de ocultar la más grande desilusión. –qué hay, alegría de la casa-, pregunta a mi madre con una voz que inspira confianza, -nada, aquí pasándola. –fíjate, que la chamaca de Felipón la encontraron anoche besuqueándose afuera de la hacienda, contaba esto justo cuando pasaba Camila con la delgadez y palidez del hilo por la mellitus, no perdona a quien sabe a quién vivir sin disfrutar una coca y una empanada de coco, coqueta y con maliciosa sonrisa embiste con gallardía la calle principal de aquel poblado y le contesta a Delia, -pues hace bien madre, que se divierta la chamaca ahora que esta joven, porque llegan los años y solo nos quedamos milando como el chinito, las dos soltaron desde lo más profundo de sus gargantas un racimo de carcajadas que retumban en aquella tienda llamada el Hornito”.

“Jacinta, conocida como la comadrona del pueblo, sale con un vestido blanco bordado y un tulipán rojo en la cabeza, su boca inicia a soltar lo que la lengua no puede contener más. –que Tere, la maestra y su hijo mataron a Pedro de un coraje, yo oí cuando la hija le grito, -todos se mueren menos tú, ya nos tienes hartas, el pobre hombre con su bolsa de orines colgada contestó, –viejas huevonas, no hacen nada, -qué te importa si pagamos para que nos laven y planchen la ropa, tú deberías morirte…ya muérete- rezongo la hija”. No hombre. .. musita Jacinta, -cómo me va ir a mí- , yo no tengo hijas y mi nuera tiene tres años que no me habla. Después de leer estas últimas vivencias, las cuales oía en la tienda cuando surtía el refrigerador y que apuntaba metódicamente todos los días en su libro rojo, comiendo la última gelatina, se puso de pie e inició a caminar de un lado a otro, dónde pongo la historia de mi mamá, la pego con las otras o la dejo aparte, después de un rato de pensar arduamente, dijo, yo creo que debería ir sola, a mi madre le han pasado las cosas más ordinarias y extraordinarias, sus padres la regalaron con sus abuelos, en el norte desaparecieron a su esposo, sus suegros le quitaron todo, casa, ganado. Como familia con peste nos trajo a la casa de su madre, se fue dos años a trabajar a los Estados Unidos, dizque a trabajar pero yo sé que fue a buscar a mi papá, nos dejó ahí con aquellos ancianos que la habían regalado, regresó con dinero, construyó varias casas, puso la tienda, hasta compro una casa en un lugar donde hay muchos aguacates, es algo neurótica y como dice la canción, se le fue torciendo el deseo por los hombres y ahora las ratas se comen su dinero. Claro que su historia debe ir sola, mi madre fue hecha de agua y no precisamente dulce, sino de agua salada como la del mar de la costa grande, a mi hermano y a mí nos ha tocado endulzarla para que en las noches azules no vaya a golpearse con las piedras.

Soltó un suspiro y empezó a escribir en aquel libro que guardaba fielmente las alegrías y tristezas de las personas del pueblo donde la vida pasa despacito, despacito.

Fuente. Retratos afroamericanos de mujeres. http://www.dreamstime.com

Doña Da y Doña Ba

La Llorona

Doña Da y Doña Ba

Compañeras nuevas en mi andar.

Doña Da de piel blanca, bajita y seca la mujer, ya madura en su andar.

Doña Ba piel morena, no tan baja, robusta.

Son vecinas

Las dos son de la Sierra de Guerrero.

Sin la oportunidad estudiar la primaria.

Con 8 hijos doña Da.

Con 14 hijos doña Ba.

Platicamos la añoranza de la infancia, el recuerdo de los críos, también los amoríos y sin sabores de los maridos.

Doña Da, ya enviudo.

Doña Ba, con el cuarto marido, a los demás, los sepultó.

Desde siempre trabajando, en lo que saben.

Cocinar,

Universitarias de la vida.

Maestras en sobrevivencia.

Doctorado en la cocina.

Compañeras nuevas en mi andar.

Maduras ya las tres.

Al cocinar, compartimos cazuelas, cucharas y comal.

Preparamos los manjares y al plato van, uno otro, otro y más.

Ese ruido en la cocina, la cuchara en la cazuela.

Con ella alma, corazón y sazón van.

ESTADÍSTICAS DE TRABAJO MANUAL NO REMUNERADO HECHO POR MUJERES

Nuestra labor cotidiana en cifras


2.3 millones

de personas se dedican al trabajo de limpieza doméstica

9 de 10

son mujeres

76.4 h

a las semana son destinadas a estas actividades hechas por ellas

23.6 h

a la semana son destinadas a estas actividades hechas por varones

Fuente. Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares (TNHR) de México (2019) INEGI.

EXPERIENCIAS ZANKAS

Magas

Zulema Gelover Reyes

¿Qué es la cosidad? -dijo la Maga.

La cosidad es ese desagradable sentimiento

de que allí donde termina nuestra presunción

empieza nuestro castigo.

Julio Cortázar (1963)

Una pasa en su bici, en el micro o caminando, desde una plaza llena de restaurantes, bares y heladerías en Ixtapa y de ahí hasta La Marina, una mira los grandes hoteles, las villas y los jardines que se interponen entre nosotras y la mar. Nadie o pocas se preguntan qué estarán haciendo cientos de mujeres encargadas de la limpieza de esos penhouses, de esas habitaciones con vista a la playa, de esos vidrios que parecen no existir en su inmaculada transparencia.

Ahí hay mujeres de carne y hueso a quienes llamamos camaristas o trabajadoras domésticas. Solemos verlas con un uniforme que las distingue del resto del mundo que las coloca, generalmente, en un lugar inferior: son particularmente invisibles y estigmatizadas por que el trabajo que realizan no es valorado, la limpieza de baños, acomodo de camas, lavado de trastes y ropa, entre otras, no es oficialmente una actividad económica remunerada en su hogares ¿por qué tendría que ser remunerada con justicia fuera de ellos? Los prejuicios sociales saltan sin parar: “seguramente no sabe hacer otra cosa”, “no ha conseguido un mejor empleo por que no quiere”, “se ha de robar las cosas y por eso la corrieron”, “no sabe leer ni escribir, por eso le va como le va”, “supe que le anda coqueteando al patrón”.

Las condiciones que enfrentan en sus empleos son difíciles: abuso de parte de sus “superiores” quienes las condicionan para delegarles el número y el tamaño de las habitaciones que hay que limpiar. Les pagan $225 por un departamento pequeño que equivale a 5 u 6.5 horas de trabajo; $320 por uno grande con tres habitaciones con camas king size, sala comedor, dos baños, cocina, cuarto de aseo, terraza, ventanales gigantes y 14 toallas muy gruesas que, de estar sucias todas, deben lavar, dejar secas y dobladas o no se pueden ir. Este último tamaño les toma de 9 a 12 horas sin comer, sin beber y sin descansar, por que sino, no terminan y tienen además que regresar a sus actividades en casa a duplicar la jornada de trabajo, pero ahora sin paga, con su familia.

“…mira por ejemplo, en el último trabajo, este… es que para empezar es todo, desde el momento en que llegas te encuentras con un amo de llaves y con una mujer que nos decía: es que yo estoy del lado de ustedes, pero yo con tres cosas, cuatro, tres cositas que ella dijo, hizo, yo dije… si no estoy vieja por… la vida me ha enseñado mucho, no está de nuestro lado, está del lado de ella, de su conveniencia de ella, entonces, desde que tú llegas… este… tienes que estar entrando ahí a las nueve, así entrando tú tienes que tener ya tu departamento. Qué departamento vas a limpiar, en qué torre, qué es lo que a ti te toca hacer. Llega este señor un poquito antes de las nueve, lo tienes tú que ir a buscar para que te haga el favor de irte a abrir y ya después de que te abrió, ahora que te hagan el favor de darte todo lo que tú necesitas, básicamente te sientes así como… te están haciendo un favor con, con este… con pagarme $195 pesos, por que por cada departamento pequeño te pagan $225 y un departamento que tienes que dejar impecable desde ventiladores, donde sale el aire acondicionado, o sea impecable de todo a todo, entonces si tú entras a las nueve y se demoran una hora en lo que se ponen de acuerdo este… cuál te van a dar, en tiempo y forma el producto, tú estás empezando a trabajar 10, 10:15.”


Dinna, 48 años, originaria de Zihuatanejo, 04/05/2020.

Las leyes mexicanas permiten que trabajen jornadas hasta de doce horas sin derechos laborales, ni seguridad social, sin contrato “…ahí no tienes nada si te caes de un vidrio, no tienes nada, si te matas de allá donde andes limpiando la… por que ahí donde, el hotel que me tocó pues toda la terraza es de vidrio y tiene que limpiarse por dentro y por fuera, te lo revisan que no se vea nada, nada, si a ti te pasa algo ahí, no hay nadie que vea por ti, no hay nada, ningún accidente, o sea a ti no te protegen nada ahí, no firmas ni un papel, te contratan así nomás y pues la necesidad, tú dices, órale.”(Dinna, 04/05/2020), sin garantías de pensión y sin posibilidad de ahorro, entre otras privaciones, como el de denuncia del acoso sexual por parte de sus empleadores: por que si lo hacen ya no las contratan en otros lugares, ellos se encargan de regar “chismes” sobre la honestidad o la limpieza para hacer los trabajos; o la explotación, por que algunos clientes les piden que combinen con elaboración de alimentos o el cuidado de infantes por una cantidad irrisoria: $100.00 extra.

En México, 2.3 millones de personas se dedican al trabajo de limpieza doméstica, y nueve de cada diez son mujeres (INEGI 2018). Las mujeres destinan 76.4 horas a la semana a la realización de estas actividades, en comparación con los hombres que dedican tan solo 23.6 horas semanales. El valor del trabajo de cuidado no remunerado y del trabajo doméstico representa el 23.5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), que se traduce a 5.1 billones de pesos, del cual las mujeres aportan hasta 17.5 por ciento y los hombres el 5.8 por ciento (TNHR, 2019).

Y ¿Por qué el contraste con la participación masculina en esta problemática? Por que el perfil de algunas mujeres que se emplean en trabajos manuales mal remunerados y con vejación de derechos atiende a la vulnerabilidad en la que éstas, dentro de ciertos sectores en Guerrero y específicamente en Zihuatanejo se encuentran, tras el Patriarcal Abandono e Irresponsabilidad de sus ex-maridos para cubrir la pensión alimenticia y educativa de sus hijos e hijas, pero además para compartir la crianza, proveerles de cuidados, limpieza y bienestar en sus hogares, delegando toda esta responsabilidad a las mujeres. La justificación: esta últimas son y han sido históricamente labores exclusivas de ellas.

“..después de mi separación trabajé en un hotel donde ahí hacía muchas cosas, recibía un sueldo mínimo por muchas cosas, aparte de recamarera, recepcionista, era la empleada personal de la dueña, aparte de lavandería, todo lo del hotel lo lavaba yo, aparte si llegaban los hijos, era lavar lo de sus hijos, pero no se me daba nada extra, todo era por el mismo sueldo y estuve dos años. Aparte había humillaciones y abuso por parte del hermano de la dueña que administraba pues ahí. Me costaron muchas lágrimas, este… pero tuve que aguantar por mis hijos por que estaba cerca de mi casa, pero era mucho el exceso de trabajo (…) Un día protesté y me dijo Enna piénsalo bien por que si te sales vas a empezar desde abajo, me decía que me acostara con él que yo era mujercita y que tenía mis necesidades y yo le decía que no, entonces yo no sé si ese fue el coraje que me tuvo por que nunca accedí al acoso (…) para el papá de mis hijos nunca trabajé, nunca valoró mi trabajo ni en la galería, él hacía figuras de barro, ni en el hotel, por que era de su familia del papá de mis hijos. Una ocasión mi hijo quería unas quesadillas y no le compré nada. Vendí ese día… vendí como $11,000 pero yo era tan leal o tan… y no le compré nada, por no tomar lo que no es mío (…) y es que como soy perfeccionista quería hacerlo todo bien hecho, y aparte la casa, los niños, la comida, tenía que subir a las carreras a hacer de comer o dejar ya el quehacer hecho, siempre fui muy así, la escuela y los niños, siempre he tomado el rol de todo, yo.”

Enna, 46 años, originaria de Morelia, 06/05/2020.

Ahora bien, no estoy diciendo que todos los hombres en Ixtapa Zihuatanejo no hagan trabajo de limpieza doméstica, estoy diciendo que, de acuerdo a estadísticas y experiencia personal: trabajan mucho menos y/o que pagan a otras mujeres para que hagan lo que les tocaría hacer a ellos. En los cinco años de permanencia en esta bahía, por ejemplo, jamás he visto a un varón zanka haciendo de camarista, ni en las invitaciones a comer por matrimonios los he visto limpiar, cocinar todo, interrumpir su comida para salir corriendo a cambiar al bebé, recoger la mesa y luego lavar todos los trastes. Y cuando alguna vez vi a alguno “ayudar a su mujer” hubo distintas reacciones de parte de quienes estaban ahí, y ninguna fue justa: “pero si esto nunca lo hiciste en la casa m’ijo ¿cuándo te volviste mandilón?” “aplausos para este hombre ejemplar que apoya a las labores domésticas” “¿te estás poniendo celosa porque te ayuda y a él sí le quedan bien las albóndigas y el arroz o qué?”

¿En qué momento la masculinidad se cuestiona si se comparte el trabajo doméstico y de cuidado infantil? Respuesta. Cuando otros hombres o mujeres tras años de cultura patriarcal se niegan a equilibrar el tiempo, el espacio y sobre todo el TRABAJO que estas labores extenuantes y complejas implican ¿Por qué se elogia a los hombres y no a a las mujeres cuando hacen las mismas actividades de limpieza? Respuesta. Porque estas actividades se han naturalizado como propias de ellas, es su destino, para eso están hechas, deben cuidar desde pequeñas muñecas que emulan bebés, jugar a la comidita, prestar servicios: azafatas, vendedoras, meseras y cuando los hombres entran a este lugar sagrado del “quehacer” se vuelven virtuosos, extraordinarios, casi de de otro planeta, por que ellos también han sido naturalmente científicos, viajeros, políticos, migrantes quedarse en casa no es opción, limpiarla tampoco, pero si lo hacen por elección propia, para “ayudar” a su compañera, la sociedad les construye un templo. Y ¿Por qué tendrían que sentir celos por actividades en las que pueden participar conjuntamente y no competir? Respuesta. Porque el sistema económico capitalista se ha metido a los hogares a exigir que haya jerarquías, eficiencia, control, que se explote a las mujeres en la casa propia y en las ajenas, en villas dedicadas al turismo y al confort (Cfr. Bay Vew Grand). Si bien la explotación es “unisex”, es decir, se reproduce sobre hombres y mujeres dentro de las instituciones, fábricas, empresas inmobiliarias, educativas, campos de golf, hoteles, restaurantes, la de las mujeres es, como hemos visto y han dicho varias investigaciones, hasta tres veces mayor.

¿Y luego?¿Y entonces? ¿Cómo modificamos estas prácticas patriarcales y de explotación sobre el trabajo “casi mágico” que hacen las mujeres en esta hermosa bahía? ¿Cómo hacemos? Dina y Enna hacen algunas propuestas: 1. Empecemos a organizarnos “Si todas nos pusiéramos de acuerdo para ponerle un precio justo a nuestro trabajo, las cosas serían distintas… este …nadie más podría pagarte menos que eso, sea en casa o en hotel (…) si hiciéramos una especie de tabla por los servicios con costos, por ejemplo, por aseo de tal casa o penhouse, tanto, por hacer de comer, otro tanto, por cuidar a los niños de los clientes o de las patronas un tanto más, por que a veces una descuida a sus propios hijos por cuidar a los de las demás.” (Dina, 04/05/2020) 2. Dejémonos de chismes y de competir entre nosotras “Si luego son las compañeras… hay de todo, las que te dicen cómo hacerle más rápido, o te pasan tips para que no te queden gotitas en las paredes de los baños, o qué ponerte si te duele la espalda después de dos o tres departamentos, o así, pero hay otras que te echan tierra y te hacen la vida de cuadritos o se burlan de ti por que no te dan departamentos” (Enna, 06/05/2020). 3. Exigir que se respete nuestra dignidad “…el acoso es muy feo, yo lloraba por que yo me tenía que aguantar para este… para estar cerca de mis hijos por que estaban pequeños y yo ante todo quería protegerlos, pero el acoso sexual que nunca lo permitan, ante ninguna necesidad, hay más opciones, casi la mayoría de trabajos está el acoso y por esa razón se nos da un trato indigno a las mujeres, se aprovechan de la necesidad que tenemos.” 4. No debes de regalar tu trabajo “Yo aprendí eso que en un trabajo donde yo hacía de todo y no se me pagaba, entonces de alguna manera debemos exigir que se nos pague por todo lo que hacemos, si se requiere de una atención personal también se tenía que cobrar.”(Enna, 06/05/2020) 5. Aprender oficios, dejar de depender del trabajo doméstico, dejar de estar creídas de que eso es lo único que pueden hacer (Dina, 04/05/2020).

Marx (1999) escribió alguna vez que el trabajo humano socialmente determinado, consta de un aspecto “abstracto” en cuanto significa gasto productivo de energía corporal, psíquica, mental; pero, en una organización capitalista ya no responde a la satisfacción de una necesidad concreta, ese trabajo es despojado de todo valor cualitativo y adquiere también magnitud de valor relativa a las mismas mercancías, en ese sentido, el trabajo abstracto, en tanto contenido del valor, solo se objetiva como tal cuando la mercancía pasa, a través de la venta, a la forma equivalente, que en su forma desarrollada es: el dinero. Pero, si por alguna razón no puede venderse, o debe venderse a un precio muy bajo, el trabajo empleado no se plasmará como valor. Por eso, si consideramos al dinero, en tanto encarnación del tiempo de trabajo, y si éste no expresan las actividades particulares de una trabajadora doméstica sino el trabajo en general, abstraído de dichas particularidades, esto es, en tanto gasto humano de energía pero no como una mercancía que deba pagarse a un precio justo y por encima de otros trabajos concretos que generan productos o bienes, es por eso que, ni para la macroeconomía ni para las familias o empresas hoteleras, en el caso de Zihuatanejo, las trabajadoras domésticas, las camaristas, pero tampoco las “amas de casa” son remuneradas o valoradas con justicia y dignidad. Así como llegan a las villas o a los hogares desaparecen la suciedad, las manchas, los gérmenes y así como Magas se van en silencio, en explotada cotidianidad.

FUENTES

Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.

Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares (TNHR) de México (2019). https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2019/StmaCntaNal/CSTNRH2019.pdf Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) (2018)

https://semujeres.cdmx.gob.mx/comunicacion/nota/semujeres-por-la-revalorizacion-del-trabajo-domestico-y-de-cuidado-no-remunerado

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Zulema Gelover Reyes. Investigadora, escritora, profesora, editora y coordinadora – tallerista de Casa Común. Hacedora de filosofía, antropología y narrativa breve. Nado entre nubes, algas y tortugas, me cobijé en la mar, la literatura, el cine y la danza. Soy guerrera creadora y hermana de otras luces, compañera de camino.

Dos en una

Etérea Cura

Siempre se pensó en mí, soy la preferida. Tengo la capacidad de disociarme en esos momentos en que empiezo a dejar de ser y me visto con lo que no soy, el hecho: que se haya pensado en mí desde la antigüedad, no significa que haya nacido para eso. Soy un producto del gran patriarcado y de una sociedad hipócrita, ellos me ha revestido de virtudes absurdas, “ella eligió, es libre para hacer lo que quiera, es su cuerpo”. La libertad que tengo es un espejismo, nunca se alcanza. ¿De qué libertad se habla cuando debo atender a más de cinco encuentros con personas desconocidas? no soy dueña de mi sexualidad, tan solo estoy en el negocio de la violencia aceptada sobre mí.

Empecé de niña. A los ocho años inicié el entrenamiento para entretener a los demás, vestidos ajenos a mi edad, los brillos en mi labios y esas paletas de pintura que se transportaron a mi rostro. En casa, no sabían que mi actividad es la segunda más lucrativa después de las armas. ¿Quién sabría en una Costa alejada de las grandes corporaciones de la carne humana? Sin embargo, así pasó, mi carne tuvo precio a los 13 años. Se puso a circular ese capital erótico y sensual del cual, a duras penas, me he dejado un cuartito y 3 hijos que mantener. La promesa no se cumplió, no me sacó de pobre, solo logró hacerme sentir inhumana, sin identidad, por ratos, intercambiable, utilizable sin medida.

Mi “trabajo” es elección de quien paga. Puede ser un extranjero, un hombre casado, un varón que busca compañía y descargar la tensión laboral o el desamor, puedo recibir a todos porque aprendí a dividirme interiormente, soy dos en una. Y una en millones.

Ahora soy tema de estudios, solo que nadie me ha preguntado si tengo orgasmos, nadie me ha preguntado cuántas veces soy violada, golpeada, drogada, aquí en la Costa somos las putas alegres que entretienen a la población local y extranjera.

Trabajo

La llorona

Si con trabajo somos,

Sin trabajo, no es nada.

Si lo entiendes, sabes del trabajo.

Con trabajos lo conseguí.

Lo cuido con trabajo.

El trabajo es honorable y honorable el que lo hace.

Trabajando aprendo, me gano la paga.

Con trabajo me divierto, no hace presa, me doy tiempo

En mi trabajo día a día.

Para tener y disfrutar el honorable trabajo.

Fuente. Ezequiel López Contreras https://www.proceso.com.mx/358933/la-montana-de-guerrero-entre-el-narco-y-la-prostitucion

DE AMORES ROMÁNTICOS Y NO ROMÁNTICOS TAMBIÉN

Mañanas de domingo en el Paseo del Pescador

Jimena Bravo

Mi reloj biológico me despertaba a las 6:00 am, como cada domingo. Me arreglaba rápido y con muchas ganas, no como cuando me alistaba para ir a la escuela, no, los domingos eran solo mi short, cualquier blusa cómoda y mis sandalias de la playa. El motor encendido de la camioneta solo significaba una cosa: mi papá ya me esperaba para ir a comprar pescado. Me subía a esa Ford roja 65 lista para disfrutar del camino hacia el Paseo del Pescador, acompañados claro de los Creedence Clearwater Revival.

Mi papá solía estacionarse lejos de nuestro destino y eso me encantaba, más tiempo para caminar por esas calles no tan bien pavimentadas del centro de Zihuatanejo, veía el kiosko a lo lejos, luego la cancha y más a la izquierda estaba el teatro infantil. Sin dudarlo corría hacia él sabiendo que mi papá estaría cerca. Recorría rápido sus lunetas (esas gradas donde la gente se sentaba a presenciar espectáculos para niños por la tarde/noche), un lujo que podía darme solo a esa hora del día que no había nadie. Mientras, mi papá caminaba lentamente hacia el lado derecho, rumbo al kiosko, esperando a que la niña (yo) terminase su recorrido. Aunque ahora que veo fotos de ese espacio, en realidad no era tan grande como yo lo percibía, pero me alegro de que pensara que sí era: inmenso.

Al terminar de correr por ahí me iba directo hacia donde teníamos que estar buscando con la mirada a mi amigo, un niño de mi edad que había conocido ahí mismo y que parecía disfrutar de la misma aventura dominguera que yo. Lo saludaba sin saludar, solo darle conocimiento de mi presencia apareciéndome por ahí frente a él era suficiente.

Ahora sí, ya estábamos donde la acción tenía lugar, detrás de nosotros el restaurante El Canaima y enfrente el mar. Algunos botes ya habían llegado a la playa y seguían bajando pescado en unas cubetas, observábamos todo desde la parte pavimentada de esta zona y tomada de la mano de mi papá decía: “¿Ya merito, pá?” “Faltan unos más” él contestaba.

Fuente. https://foodandtravel.mx/ixtapa-zihuatanejo-en-seis-tiempos

El cielo empezaba a aclarar y ya estaba ansiosa por ver todos los pescados puestos en lonas de colores en la arena. Aún no salía el sol así que estaba fresco, esa parte del día siempre me pone de tan buen humor. Más gente se acerba caminando desde las dos direcciones del pasillo. Hombres y mujeres de distintas edades esperando ahí parados como nosotros, unos que otros conocidos nos devolvían la sonrisa, y otros… bueno, otros solo estaban ahí a lo que iban…

De pronto, el (pequeño y a veces grande) grupo de gente comenzaba a caminar hacia abajo, hacia la arena, hacia la venta, hacia el pescado, ¡EL PESCADO! Sin despegarme de la mano de mi papá, caminábamos hacia el puesto de su amigo. La arena se metía en mis sandalias pero no me importaba, porque mis ojos tenían su atención en el guachinango de todos los puestos. Veía cómo en otros puestos seguían vaciando más pescados en las lonas, algunos se movían y mi papá me los señalaba para no perderme de esos movimientos que me provocaban decirle “¡nooo, sigue vivo! ¡Hay que regresarlo al mar!”. Camarones, atún, incluso pez vela, claro que los notaba, pero se perdían de mi vista ante el brillo rojo que solo tiene el guachinango.

No era el olor más agradable, pero a mi no me causaba ningún asco como a muchos niños que conocía entonces, era un auténtico olor a mar, y mi parte favorita era el ruido, esos sonidos que no escucharía juntos en ningún otro lado u ocasión: señores contra señores, señoras contra señoras, y discusiones entre señores contra señoras por obtener el mejor pescado. “¡Yo te dije primero!”, “¡Me lo apartó a mí!”, “Ira, no quiero que volvamos a salir mal”, entre otras frases con tonos más fuertes y molestos, risas acaloradas y gritos repentinos. De fondo: el sonido de las leves olas continuas chocando en la playa, el canto de las gaviotas, pelícanos y ese ruido de cómo se lanzaban hacia el mar para atrapar algún pez, los ladridos de los perritos de Casa Marina también tenían presencia en esta mezcla de sonidos. Era una orquesta llena de distintos ruidos, tonos y ritmos pero sin instrumentos musicales.

Lista la compra de mi padre me hacía la mirada de “vámonos”. Recuerdo que a pesar de que me encaba estar ahí, me retiraba contenta. Esos domingos terminaron para mí cuando mi papá murió, yo tenía 10 años, pero a veces que tengo que pasar por ahí para hacer algo, a propósito me voy más temprano para alcanzar aunque sea un poco del espectáculo del Paseo del Pescador.

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Rosy Jimena Bravo Ramos (RJ Bravo) Enamorada de tantos detalles de la vida y de expresarme con las artes, también soy lo que mi nombre significa: la que sabe escuchar. Agradecida de que Zihuatanejo me haya visto nacer y de que se me permita seguir siendo parte de este lugar.

Cómo vivo la Paz en Ixtapa

AlSanCo

Bueno, yo, desde pequeña me sentí una niña querida por sus padres y hermanas (no tanto por una) todos llegamos a un punto donde los adultos no supieron manejar la situación y todo se desbordó con violencia y falta de entendimiento. Ahora, después de 30 años, caí en problemas que empezamos a resolver platicando en familia, al hacer actividades juntos, ir a terapia, entre otras, se pudieron hacer tantas cosas que ahora me doy cuenta. Siempre cargué con cierta responsabilidad del conflicto, después me di cuenta que recaía en todos, pero en especial en mis padres, que se supone ellos deberían de guiarnos o tomar las riendas de las soluciones.

Ahora veo, en pareja, con amigos y otros familiares que, platicar de todo con todos te hace no caer en malos entendidos, confusiones, suposiciones, que después desarrollan violencia. Yo sé que todos somos diferentes y entender esas diferencias cuando hablamos es difícil. Caes muchas veces en el autoritarismo. Y no en el análisis, ni en empatía, por eso trato de ser objetiva y trato también de observar.

Fuente. AlSanCo Ilustración yosoynosotras2. 2020

Olor a Tortilla

Osbelia Rivero

Llegar a “Las Garzas” y ser recibidos por los abuelos que te están esperando con mucho amor. Darte esos abrazos que salen de el alma, besos, arrumacos con esa felicidad que sólo dan las personas que te aman.

Después de la calurosa bienvenida que daban a cada uno de nosotros, venía lo mejor de la visita: ¡el almuerzo! La mesa preparada con el mantel de hule estampado con dibujos de utensilios de la cocina, en esta ocasión tenía pintadas unas teteras de color blanco con tapas cafés separadas por cuadros en diferentes direcciones. Al centro había un vaso de cristal con harto pápalo, quelite fresquecito cortado de las laderas de el pueblo.

Fuente. Fogón http://afogondelena.blogspot.com

Para sentarnos ponían dos bancos grandes de madera y en la cabecera de la mesa dos sillas en donde se sentaría mi papá y en la otra mi abuelo. Ya sentadas, mi abuela con la ayuda de mi madre, nos empezaban a servir un delicioso chile con huevo hecho en el molcajete con los jitomates, choles criollos, un diente de ajo y un pedazo de cebolla asados en el comal de barro, que la abuela tenía en su cocina. La cual estaba hecha de varas largas llamadas chinameles y enjarrada de adobe con su comal al centro hecho de barro y la leña que el abuelo había traído de el cerro transportándola en el burro.

Todo estaba ardiendo a todo lo que daba porque la abuela ya estaba empezando a echar tortilla para sus invitados. Ese olor ¡madre mía! de cuando están las tortillas en el comal esponjándose, dando a decir que ya están listas para llevarlas a la petaca, cayendo una sobre otra cuál si fueran bendiciones de la madre cuando estás lejos de casa. Y, es precisamente cuando va cayendo una tortilla sobre otra que el olor se acentúa, en ese momento no sabía decir a que olía… hoy lo sé: huele a la tierra que te vio nacer, a ese lugar que tienes que dejar para buscar nuevas oportunidades de vida, en donde dejas a esos seres que te aman incondicionalmente y que te dan lo mejor de si, a ese olor a tierra mojada, a los quesos que hace la abuela y que los tiene oreados en los zarzos, a tus raíces, eso de lo que estás hecho… Si me abres en canal, seguramente exhalaría este olor a tortilla recién hecha por las manos de mi abuela.

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Osbelia Rivero es una mujer artista en reconstrucción, busca equilibrio y ser feliz en esta bahía que la recibió hace poco. Aquí ha sido feliz. Es profesora de corte y confección, diseñadora amateur, madre y bailadora, descubrió que ama nadar en la mar.

BÚSQUEDAS

DIGNA RABIA, crónica de una marcha del 8M en un país feminicida

María Feminista

Les dicen las radicales, las vandálicas, las que hacen destrozos, pintan monumentos y rayan las paredes de los edificios históricos, ellas son las que infringen la ley.

En las redes las califican de ridículas, locas, absurdas, les dicen que esas no son formas de expresarse, que les dan pena, que por su culpa no toman en serio el movimiento.

Ellas para mí siempre fueron las más valientes, las que llevan la DIGNA RABIA a su máxima expresión en una marcha. Las había visto hacer intervenciones en las otras marchas:

Pintar el agua de la fuente

¡perras, píntense la cola!

Pegar carteles en las paredes

¡putas, péguense las nalgas!

Rayar consignas en las paredes

¡pendejas, ráyense la jeta!

Romper cristales de los edificios de las instituciones acusadas por encubrir acosadores

¡la violencia no se acaba con violencia!

Colgar mantas con consignas poderosas exigiendo nuestros derechos

¡asesinas, ustedes no me representan!

Ellas para mí son la DIGNA RABIA, mujeres atrevidas, trasgresoras, que rompen con lo establecido. Pasaban a mi lado encapuchadas, haciendo intervenciones. Las veía con admiración, ellas sí me representaban a mí. Algunas sabía quiénes eran, otras no, o tal vez creía saber o no saberlo, cómo estar segura bajo esas capuchas.

“Amiga, hola, con mi colectiva estamos organizándonos para hacer intervenciones en la marcha del domingo”. Mi corazón palpitó, era mi oportunidad: “¿crees que pueda unirme?”. “Claro, si te animas eres bienvenida, te voy a pasar las reglas de seguridad.”

Domingo por la tarde. Estoy lista, leí todas las reglas de seguridad que me dieron. No había visto antes a tantas mujeres en una marcha. Mi corazón late, la adrenalina a tope, esta vez no voy a llorar como en las otras manifestaciones, esta vez seré la DIGNA RABIA.

Nos vemos diferentes, nos ven diferentes. Comenzamos. Al llegar a un punto iniciamos las intervenciones: un enjambre de encapuchadas, 3 o 4 grupos distintos, unidas, cuidándonos, corríamos de un lado a otro. La marcha no había avanzado y las mujeres de los otros contingentes que esperaban ordenadamente, nos veían igual que las que en la calle observaban.

Nos miraban, con ojos de miedo

Con ojos de amor

Con ojos de orgullo

Con ojos de desprecio

Con ojos de alegría

Con ojos espanto

Con ojos de aprobación

Fuente. @lucidavioleta. Marcha Morelia 08/03/20

Nos miraron como ven al feminismo. En algunos grupos nos gritaban:“Bien compañeras! ¡Bien! ¡Bravas! ¡ustedes sí me representan! ¡eso mamonas! ¡eso sí, eso sí!”En otros grupos, particularmente donde había mujeres entre 40 años y más nos regañaban, nos increpaban:

“¡No, no, ustedes no nos representan, así no, qué va a decir su madre si supiera lo que están haciendo!.” Incluso nos escupieron, nos corretearon con una sombrilla para golpearnos, subieron la vista al cielo y rezaron a su dios patriarcal para que nosotras, las siervas, regresaran al camino de la sumisión.

Nos alejábamos de esos grupos, y nos protegíamos en los que nos cuidaban y aplaudían. Sus bocas nos ovacionaban, nos impulsaban, nos infundían más valor para seguir dejando la marca, la DIGNA RABIA.

El enjambre se junta, intervenimos, corremos, gritos, nos dispersamos, otra vez el enjambre se une, interviene, nos protegemos, corremos, nos sumamos a los contingentes, nos unimos a los gritos de las consignas, no ha bajado el ritmo de mi corazón a tope, la adrenalina también.

Paso junto a mis amigas y conocidas, me animan sin saber quién soy, me avientan besos, me hacen la señal de fuerza con el brazo, me agradecen.

Pasamos junto a grupos que no soportan nuestra presencia y nos corren ¡Fuera, fuera!. Creí que nos cuidaríamos de posibles represalias externas, pero no fue así, nos cuidamos de las mujeres que no soportan la expresión de la DIGNA RABIA. Pero no la pueden parar.

En una intervención una joven nos señala y le dice a sus amigas: “yo quiero hacer eso que ellas hacen”. Yo alguna vez lo pensé y ahora lo hago y no pienso parar hasta que vivamos en paz las mujeres, hasta que conquistemos nuestros derechos para decidir libremente sobre nuestros cuerpos y estar libres de violencias. La DIGNA RABIA soy.

-No lo hagas, no está bien, los gritos de las mujeres que nos critican hacen eco a las reglas con las que me educaron: las niñas no son desmadrosas, se portan bien; las señoritas no hacen destrozos, cuidan las cosas; las señoras no rompen, protegen; las cosas se piden por favor, no grites que pareces una histérica, así nadie te toma en serio. Callen, callen esas voces. La DIGNA RABIA soy. Por ti, por Fátima, por Ingrid, por todas las que han desaparecido, por todas las que han matados los feminicidas. La DIGNA RABIA soy.

Después de unir mis voces a las consignas frente al palacio municipal y dando la espalda a la catedral, ya sin capuchas, después de escuchar respetuosamente los pronunciamientos, damos por terminada la marcha, nos despedimos de las compañeras y amigas, algunas ahora sí me reconocen: ¡hey, qué gusto, no te había visto en toda la marcha! nos despedimos felices, orgullosas y abrazándonos.

Camino de regreso por la misma calle que habíamos caminado todas juntas. Observo las intervenciones sobre los muros. Me gana la emoción y le marco a alguien que quiero y en quien confío mucho: “¿Adivina que me atreví a hacer en esta marcha?” “¡Hiciste intervenciones! ¡brava! ¡Bravísima! Gracias por eso, estoy muy orgullosa de ti, se va a caer, ya nadie nos va a parar.” Me llenan de esperanza sus palabras y agradezco. Me despido y sigo caminando. La DIGNA RABIA soy.

Me encuentro a una familia, el niño de 6 años pregunta: papi, ¿quién hizo estos dibujos en la pared?… ¡Las pinches feminazis, unos putazos se mercen esas zorras!, le contesta la voz del padre con un gesto de enojo. La madre guarda silencio con gesto angustiado y abraza con más fuerza a su bebita que lleva en brazos. La DIGNA RABIA seré por ti, por tus silencios y tus miedos mujer, por tus hijas e hijos.

“Amiga ¿llegaste bien a casa?” “Sí, todo bien, gracias ¿y tú?” “No tanto, iba con mi pareja caminando y unos policías sin ninguna razón nos detuvieron, yo llevaba en mi mochila la manta y las latas de pintura, mis manos manchadas, me moría de miedo y me metí a resguardarme a un local. Salí cuando se habían ido, le dijeron a mi pareja que estaban haciendo revisiones según instrucciones y que si quería irse tenía que dar cooperación, nos bajaron $500 pesos, lo que llevábamos para ir a cenar, me tuve que regresar a mi casa muerta de miedo y con la panza vacía. Pero sí amiga, estoy bien, ya en casa, le he llamado a todas y las de nuestro grupo todas están bien. Hay rumores que una chica que fue a la marcha está desaparecida. Esperemos aparezca con bien.” La DIGNA RABIA somos.

El tema de conversación después del paro del 9M fue la marcha: “Qué mal esas mujeres que destruyen y rayan, son infiltradas, nada justifica que hagan esas cosas, esas no son maneras, me da tanta tristeza ver mi ciudad toda rayada, son una vergüenza, eso afecta el turismo.” Dicen algunas. “Empatía falta en nuestra sociedad. Nos “duele” ver nuestros bellos inmuebles rayados, pero no duele el dolor genuino de algunas mujeres, la rabia genuina de las madres de las víctimas. A mi me Duelen más las lágrimas de tantas familias que esperaron por sus hijas y nunca regresaron, duele más su hondo sufrimiento y esa herida que ninguna tecnología podrá restablecer, porque una niña muerta no es como un inmueble que se puede reparar al día siguiente.” Dicen otras.

”Amiga, ¿se sabe algo de la chica que no encontraban después de la marcha?2 “No aún nada.” “¿Ya viste las noticias? dicen que asesinaron a más de 10 mujeres el día de la mujer.” “No las he visto, amenazaron a mi colectiva por los tendederos que pusimos denunciando maestros y compañeros acosadores y nos dijeron que nos van a madrear…” LA DIGNA RABIA SOMOS Y YA NADA NI NADIE NOS VA A PARAR.

Fuente. @lucidavioleta Marcha MoreliaII 08/03/20
Fuente. Paty Arellano Marcha, 2020

Menarquía

Nancy Ramírez Juárez

Esta palabra la escuché por primera vez cuando estaba en quinto grado de primaria, aún recuerdo con claridad la imagen del aparato reproductor femenino en la página ciento uno de mi libro de ciencias naturales. Esa imagen nunca la logre entender, era un corte de perfil y no le encontraba relación alguna con las formas reales de mi cuerpo.

Lo que si pude entender fueron las palabras de mi profesora al explicar la menarquia, dijo algo como – “aquí comienza el calvario de la mujer, deja de ser niña y todo lo bueno se acaba”-. Ese día al llegar a casa, me acerqué a mi madre y con vergüenza le platiqué lo que habíamos visto en clase, hasta saqué el libro para mostrarle las imágenes, ella se negó a mirar el libro, tampoco me vio a mí. Se limitó a decir – “lo que te enseñen en la escuela está bien, cuando te pase me avisas para darte toallas sanitarias”-.

La respuesta fría de mi madre y la advertencia de mi profesora hicieron que desarrollara un miedo irracional a la menstruación, recuerdo que me pasaba frente a un altarcito que estaba cerca del comedor y le pedía a Dios ser una mujer que nunca menstruara.

Pero la naturaleza es perfecta, no se hace esperar. El fatídico día llegó, me ocurrió en la secundaria, cursaba el primer grado, estaba en clase de educación física, trabajamos por pareja con ejercicios de estiramiento, yo me encontraba recostada en el piso haciendo las flexiones con las piernas, yendo hacia arriba y mi compañero empujaba para regresarlas. En una de esas sentí como un flujo caliente y espeso salió de mi orificio vaginal escurriendo hacia los glúteos, por la posición en la que me encontraba me manché hasta la espalda.

Acto seguido, me fui corriendo al baño, ahí pude observar la gravedad de la mancha roja en mi entrepierna, a pesar del color azul marino del uniforme, parecía como si el manchón aquel cobrara vida y quisiera gritar a todas las personas – Aquí estoy, soy la menstruación-. Con este estigma, tuve que correr hacia la enfermería escolar que estaba del otro lado del edificio, a fuerzas tenía que atravesar la cancha de básquet donde seguían mis compañeras y compañeros de clase. Me vieron, era imposible que no lo hicieran y algunos rieron, era el peor día de mi vida.

Al entrar a la enfermería, me recibió con un caluroso saludo el Doctor Anaya, que por cierto era mi vecino, fue el que asistió a mi madre durante el parto de mi nacimiento, y dos años atrás me había hecho una cirugía por apendicitis, dicho sea de paso, era casi parte de mi familia. Luego de su saludo, me miró directo a la entrepierna, supongo que su mirada fue directa ahí porque yo tenía mis manos incrustadas en esa zona, como si taparme con mis manos pequeñas hiciera desaparecer el manchón de la vergüenza.

Luego de esta entrada, el Doctor Anaya me dijo – toma asiento mi niña- luego corrigió… -ah, no puedes verdad-, -yo le llamo a tus papás para que vengan por ti, no te preocupes, eso les pasa a todas-. En mi interior me preguntaba – ¿a todas? ¿todas se manchan como en una masacre en su primera vez? ¿a todas les sucede enfrente de sus compañeros y profesores? Para mí, esta era toda una tragedia, sin saber que lo peor estaba por venir. El Doctor marcó varias veces a mi casa y no atendieron la llamada, miré el reloj de pared, vi que marcaba las seis menos diez de la tarde. Yo estudiaba en el turno vespertino, le dije al doctor que a esa hora mis padres ya se encontraban en el negocio, que mejor marcara al teléfono del local de al lado y así lo hizo.

Fuente. Pedagogía de la Menarquía http://otrasvoceseneducacion.org/archivos/34648

Mi madrina la dueña del local de al lado informó a mis padres que había una llamada de la escuela, que algo me había pasado, mi padre fue a atender el teléfono y el Doctor no le dio detalles de lo que me sucedió, solo le dijo que me sentía muy mal, que debía ir a casa, mi padre le indicó que eso no iba ser posible, pues había mucho trabajo y no podían desatender, que si no era de gravedad me fuera sola a la casa y ahí los esperara. Y así fue, tuve que caminar más de diez cuadras y atravesar la avenida principal de mi pueblo para poder llegar a casa. Me sentía devastada, asqueada, quería escapar de mi propio cuerpo. Aborrecía haber tenido la menarquía bajo esas circunstancias.

Al llegar a casa, lo primero que hice fue darme un baño con agua caliente, duré más de treinta minutos tomando esa ducha, mientras me refregaba lloraba a más no poder, restregué tanto mis piernas que tuve urticaria después. En cuanto a mi uniforme manchado lo guardé en una bolsa de plástico que escondí al final de mi clóset. No quería que nadie de mi familia se enterara de lo que me había sucedido, no tenía toallas sanitarias, tampoco sabía dónde las guardaba mi madre, nunca habíamos hablado acerca del tema, así que durante ese día y los posteriores estuve usando papel higiénico, esto último me causó enrojecimiento y varias manchas más.

Cuando mis padres llegaron a casa luego de cerrar el negocio, me preguntaron si ya me encontraba mejor, les inventé que tuve dolor abdominal y nauseas, pero que ya me sentía mejor. No le dieron mayor importancia, papá se puso a contar sus ganancias y mamá encendió el televisor para ver la novela de las diez. Yo me subí a mi recamara y volví a llorar por un buen rato, así hasta quedarme dormida.

Pasaron casi tres meses luego de la menarquía, yo seguía sin decirle nada a mamá, ni a mamá, ni a nadie. En la secundaria solo tenía dos amigos, ellos sabían del hecho, pero nunca mencionaron nada del tema. Así hasta que un día tocaba hacer limpieza profunda en casa, empezamos por mi recamara, mi madre abrió el closet sacó rápidamente toda la ropa para aspirar, al hacerlo salió volando la bolsita de plástico con el uniforme manchado, -no puede ser, como olvidé eso- ella se sorprendió y rápidamente rompió la bolsa para ver lo que contenía, al darse cuenta me miró enojada y con una voz firme y fría me preguntó – ¿hace cuánto te pasó esto? – yo no le contesté, me quedé helada. Ella solo movió la cabeza en forma de negación y exclamó – ay no puede ser, voy a llevarlo a remojar a ver si se limpia- luego de llevarlo al cuarto de lavado, volvió a la recamara y me aventó un paquete de toallas que cayeron en la cama, solo dijo: – toma las vas a necesitar, ya no vuelvas a hacer esto-.

Volví a llorar, el sentimiento del primer día regresó, sentía asco, rechazo, no quería estar en mi propio cuerpo. Luego de este hecho, mi madre no volvió a tocar el tema, mi uniforme quedó limpio y la vida siguió. Cada mes representaba para mí una tortura, me escondía, pasé varios accidentes por saber usar adecuadamente las toallas femeninas, soy de flujo abundante y las toallas que mi madre me proveía eran pequeñas, sin alas y para flujo moderado. Mi madre se encargaba de ponerme paquetes de toallas en mi clóset, lo hacía mientras yo no estaba. Las toallas solo aparecían.

Así transcurrió mi paso por la secundaria, hasta que llegué a la preparatoria y conocí a la maestra de Biología, encontré en ella una imagen maternal, durante la primera clase habló de sexualidad con una naturalidad que me hizo confiar en ella desde ese momento. Al finalizar la sesión me acerqué a ella y le pregunté acerca del uso de las toallas, recuerdo que cuando iba caminando a su escritorio sentía que el corazón me iba a estallar de los nervios, ese era un tema tabú, me causaba estrés y ansiedad conversarlo. Ella me lo explicó todo, me dijo con qué frecuencia cambiarlas, como desecharlas y sobre todo como elegir la que mejor se adaptara a mi cuerpo.

Al día siguiente, mi maestra me mandó llamar a la sala de descanso y ahí saco de su mochila varios paquetes de toallas, con toda naturalidad saco cada una del paquete y me las mostró, me dijo que mi reto sería ir a la farmacia a comprar mis propias toallas, sin miedo, sin vergüenza, como lo hacen todas las mujeres. Aún recuerdo como fue esa primera vez que compré toallas, tenía quince años y entre con los nervios de punta, se me cayó el paquete cuando las iba a poner en el mostrador, luego se me cayeron las monedas que me dieron de cambio, al salir me las puse debajo del suéter que llevaba puesto y corrí hasta llegar a casa.

En mi maestra encontré la aceptación de mi cuerpo y el estrés de cada mes fue aminorando, ella se convirtió en mi madre, me orientó en todo momento, me dio su afecto, se preocupaba por mí, me siguió la pista hasta mi ingreso a la universidad. Con su apoyo, despareció el miedo irracional que me dejó La Menarquía.

DESMESURA DE LAS VOCES Y LOS VIAJES

Lourdes: Pionera del surf en la Costa Grande. No. I

Zulema Gelover

Lulú es una mujer muy simpática e inteligente, tiene un bello restaurante y un negocio de renta de tablas de surf en La Saladita, una playa de La Unión, Guerrero. Es surfista, empresaria, madre y tiene, además de su familia de origen, una “familia de mar” muy grande que viene a visitarla año con año buscando olas y espacios para rentar o vivir cerca de ellas. Acá la primera parte de la entrevista con esta intrépida viajera…

1. ¿Quién es Lourdes?

Yo soy Lourdes Valencia Guzman, nacida y crecida en playa La Saladita…

2. ¿Cómo empezó tu relación con el surf?

El surfi llegó cuando yo tenía la edad de 17 años, pero empecé a surfear hasta los 22 años, después de la escuela y por que también no había mucho… no se conocía en realidad el surfi. Se empezó a conocer a través de los extranjeros, que empezaron a llegar, que empezaron a traer tablas de surf y todo eso. Y fue cuando yo empecé a mirarlos surfear y fue cuando yo dije: Bueno, yo quiero hacerlo. Pero nunca me había puesto en el mar, nadaba claro, pero nunca surfeaba (….) llegó el señor Corky Care que fue uno de los primeros americanos de la construcción y con intención de vivir acá. Èl fue el que me regaló mi primera tabla. Empecé con una de 11 pies que ya estaba arruinada, y ya él me trajo una de 9 pies que es de una marca Robert Agos, una marca reconocida en California, ya con él me enseñó a surfear (…) y pues, estar en el agua es lo mejor que te puede pasar, se te olvida todo, haces una vida completamente, te cambia la memoria, la cabeza, todo, todo tu pensamiento, realmente se te abre a otro mundo.

3. Oye y entonces si llegó aquí a los 17 ¿Por qué esperaste hasta cinco años después? Cuéntanos.

Pues por qué… por miedo, uno no está acostumbrada a subirse a una tabla, y cómo ir pasando eso (señala al mar) ir mirando cómo está la cosa ahí. Cómo hay que hacerlo, y sí me daba miedo por que a veces se golpeaba una y por mil cosas. Ya hasta que empecé ya, y hasta que tenía tiempo. Por que en realidad no tenía tiempo por que pasaba a la escuela, luego a trabajar, llegar a la casa a trabajar. Ya luego empecé a abrirme tiempo para eso.

Fuente. Zulema Gelover. ARTISTA DE OLAS/2019

4. Y cuando veías a las surfistas cuando eras chiquita ¿Qué pensabas, era algo a lo que te podías dedicar?

Siempre lo vi que era para el hombre, nunca lo vi para la mujer, jamás imaginé que era para mujer. Jamás lo vi como un deporte para la mujer por que miraba puro hombre surfear, nunca vi una mujer. Ya después me empecé yo a meter, ya vi que llegaron más mujeres y empezaron a surfear (…) la primera que llegó a Saladita fue Laura Vincent, que es de la Roxy, hace aproximadamente 10 años, de 10 a 12 años. Y ahorita Saladita tiene como el 70% de mujeres y el 30 de hombres (…) yo creo que es mejor para la mujer por que te quita todo el estrés (risas) es la pura vitamina (risas). Saladita es una playa para mujeres por que es una ola que se presta para uno de mujer, porque uno no es tan brusca, como que no te vas a aventar en una ola grande, es medio, no te va a golpear tan fácil (…) disfrutas la ola, es larga, te da tiempo de acomodarte en la tabla, te da tiempo de mucho, no es una ola que va a revolcarte, no.

5. Y si no había mujeres cuando tú empezaste ¿Cómo se sentía estar en medio de puro chamaco?

Pues… bien, por que me hacía sentir igual que ellos y en ese tiempo no había la diferencia de que si soy mujer o si soy hombre, en realidad me sentía igual que ellos y me apoyaban. Me decían: ¡vamos, vamos, tú puedes, tírate, tírate! Y tenía la preferencia también… por que era mujer.

6. ¿Y cuando empezaron a participar otras mujeres mexicanas?

Conocí a unas chicas que venían de Baja California, otras de Nayarit: Riza y conocí a Belén, después llegaron un grupo de la Roxy que eran puras mujeres, puras mujercitas, donde está Casia Maldonado, que es una de las mejores surfistas del mundo, María Barboso y ahí es cuando yo empecé a conocer gente que en realidad era grande en el surf. Nos empezamos a identificar y a hacer esto.

7. Oye ¿Y te fuiste a competir?

Sí, competí, en el 2007 estuvimos para una revista y un video en Indonesia, que fue el primer viaje que hice en toda mi vida. Fui con ellas, con el grupo de la Roxy, después estuve en Costa Rica en el 2009, que fue un torneo pero de ahí mismo de la playa, no fue internacional. Surfié aquí en el primer torneo que hicieron en Saladita, el nacional que hicieron aquí, con segundo lugar. Y… en California no, por que siempre tuve muchos problemas para los papeles y ya después que los tuve, ya no quise competir por mi edad, ya no tengo 15 años.

8. Pero… fíjate que aquí en Saladita para mi ha sido un experimento de observación que…

Hay gente grande, sí, bueno… Antes, en el tiempo que estuve compitiendo eran diferentes las competencias, ahora es todo revuelto, pueden tener 60 años y pueden competir con una de 12 y eso no lo teníamos nosotros. En mi tiempo se clasificaba por edades, la juvenil, la metro y medio y la tercera edad, ahora ya no, ya todo lo mezclan. Y cuando íbamos no competíamos con las master, por que esas eran de respeto y ahora veo que todo lo juntan, lo mezclan. Y yo dije cómo me voy a poner a competir con una niña de doce años, ya no le doy la pila… jamás.

9. ¿Será? Por que fíjate que algo que pasó con Antonio Ochoa, un gran surfista a quien también entrevisté, lo veía desde lejos y creía que era un jovencito, cuando se bajó de las olas lo vi de cerca y dije: ¡Hay! Pero cuantos años ha de tener…

75, y la señora Linda tiene 78 años y está surfeando con nosotros todavía. Y es un, te puedo decir que es una figura muy importante, verla a ella bueno uno dice, si ella puede por qué yo no. Así de fácil.

10. Y por eso insisto ¿no crees que hay algo que nos frena a las mujeres que no frena a los hombres en este aspecto?

De la libertad

Fuente. Pablo Guerrero, 2019.

11. O de la edad, por que veo que gente como Ochoa o Saltiel Alatriste ¿De donde crees que venga este freno?

En el Surf no hay edad, vamos a ponerlo en claro, el surf no tiene edad. Yo pienso que es de lo que te inculcan de niña, eso ya viene de los padres de que el varón es varón y la mujercita es mujercita y nos dan esta de que seamos iguales por que en realidad somos iguales.

12. ¿Qué te decía tu familia?

Mi mamá siempre me decía se te va a poner la espalda como hombre, como macho, y yo decía: no me importa que me ponga el cuerpo como me ponga, yo me siento bien en el agua, perdía todas mis preocupaciones, todo, te sientes como… te limpias, en realidad, estar dentro del mar. Se te borra todo lo que puedes llevar. Todo, todo, en ese momento no sé qué pasa pero haz de cuenta que te quitan la cabeza, se te olvida todo, no te acuerdas de nada. Eso era lo que a mi me gustaba, me metía y me sentía tranquila. Y mi mamá siempre estuvo en contra, que por que no era para una mujer y que ora que yo anduviera con toda la manada de hombres para ella era como ¿qué van a decir? El qué decir. El decir, todo mundo habla. Y no pues yo para estar al lado de un varón pues me siento igual que ellos o sea que yo por que soy mujer no soy menos. No. Nunca. Jamás.

Textos que nos antecedieron…

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