YO SOY NOSOTRAS

REVISTA DIGITAL

Yo soy nosotras es un ejercicio literario hecho por escritoras guerrerenses (no por que seamos mujeres exclusivamente sino por que somos mayoría), mexicanas por ahora y diversas todo el tiempo, por climas, edades, etnias, ocupaciones, sueños, espíritus, actividades, cosmovisiones. Que coincidieron hoy aquí, en el marco del 25 de noviembre: Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer de un 2019, en un lugar de la Costa Grande.

Creamos para ser escuchadas, para ser distintas al silencio que nos mata, que nos hiere, que nos mantiene cautivas en la casa o en la oscuridad de la noche. Creamos para compartir nuestras Experiencias Cotidianas, ese es el tema de este primer albor ejercicio de compartición. Creamos para vivir y exponer algo que aún no es tocado por la violencia, el poder, el hartazgo, el dinero o la contaminación.

Las secciones son tres: Ancestras, que refiere a la vida de mujeres sabias y amorosas, a su linaje en hijas, nietas o nietos, la historia de sus excepcionalidades. Experiencias Zankas reúne textos breves y poemas que describen los lugares, las jornadas y la gastronomía de Zihuatanejo, una bahía llena de cultura y sazón. De amores no románticos y románticos también, intenta jugar con el tiempo y la posibilidad, amar es un riesgo, en el que al final, como dice Silvina Ocampo: nos iremos, me iré con los que aman.

Agradecemos pues a las autoras, su íntima libertad. Felizmente cada mes estaremos aquí con algo nuevo: Fotos, videos, ritos y obviamente: mujeres en textos, por que Yo soy Nosotras somos infinitas, reflejantes, bienvenidas sean todas a crear.

ANCESTRAS

Los colores que no vemos

Sofía Alvarado Cortés

Las cosas amarilleaban frente a mis ojos

recién venidos de un sueño de otoño.

Alejandra Pizarnik

¿Es un imperio esa luz que se apaga o una luciérnaga?

Jorge Luis Borges

A veces la Abuela viene a verme en sueños.

Yo camino al borde de un río y ella es un pez

que me acompaña deslizándose,

suave, suave, por las aguas.

Eduardo Galeano

Mi abuela era ciega. Toda la infancia caminé al lado de su oscuridad, como un lazarillo siempre atento con el brazo extendido y un ritmo acompasado a sus pasos que tentaban lo que estaba próximo. Su ceguera nunca representó alguna desventaja en aquella época en que se movía con agilidad por la casa, y tampoco era extraña la forma en que veía, a través del tacto y el oído. Vivía entre los límites demarcados por los objetos y las personas que la rodeaban.

Así, con sus manos blancas, también tocaba mi rostro para verme. Nací justo después de que un médico cometiera una negligencia y le sacara un ojo, porque mi abuela, además de ciega, era un soldado de guerra mutilado que se reía en la batalla de todos los caídos, ciega, sonriente y valerosa, diría Borges.

Hace un tiempo, un día de verano y muchos años después de su muerte, conocí los textos de Borges. Un hombre erudito al que entendía poco y leía mucho. En ese entonces no recuerdo su ceguera, probablemente me enteré mucho después, cuando las computadoras dejaron de conectarse al cable del teléfono. Luego de leer su bellísimo ensayo sobre la ceguera en Siete noches, supe que los ciegos no ven completamente negro, como se pensaría cuando cerramos los ojos y se quiere estar, por un momento, en los zapatos del otro. Decía que uno de los colores que los ciegos extrañan es el negro y que para él sólo se hacían visibles el verde, el azul y el amarillo. Este último, dotado de un simbolismo personal por ser el color que lo había acompañado desde su infancia, a través de la figura del tigre, y muy recurrente en sus cuentos. Leí hace unos días que le pedía a uno de sus amigos más queridos que lo llevara a un edificio público con vitrales amarillos a mirarlos y ahí pasaba algunas horas de la tarde. Ahora, en retrospectiva, hago memoria de la ceguera de mi abuela y, por increíble que parezca, nunca supe este dato que ella, seguramente, guardó a propósito para sí.

Mi abuela lleva veinte años muerta, más del tiempo que la conocí, consecuencia lógica de la mistificación que es dentro de la memoria y que se me aparece en sueños o en recuerdos infantiles a los que vuelvo cada tanto. La recordé porque los días como hoy celebrábamos su cumpleaños, es día de las Sofías, las Chofitas o las Chofis. Comencé a hacer memoria acerca de quién había sido esta representación lejana de la madre que fue para mí y mis hermanos, y las pocas preguntas que le hice o que quedaron opacadas por el velo de la desmemoria.

Recuerdo la forma metódica y pausada en que se colocaba los zapatos; lo bien que olía; la transparencia y suavidad de su piel; el cabello ondulado y su sonrisa a la que faltaban ya algunos dientes. Recuerdo el rosario que traía metido dentro de batas holgadas y floreadas, en un rezo eterno que imploraba quién sabe qué cosas en el silencio de su ceguera. Recuerdo también la fuerza, la resistencia y la comicidad. Ahora, en retrospectiva, pienso que, a pesar de tantas preguntas y del deseo por tenerla más años, aprendí a ser a través de todas mis diferencias, a aceptarlas y a aceptar a los otros por las suyas; a mantener la risa que, como decía Monterroso, no hay que perderla al mismo tiempo que la timidez, y a soñar con ese color siempre visto, a pesar de los años y la ceguera.

Cuenta mi madre que el día que la internaron para cortarle una pierna gangrenada por la diabetes, estando a punto de entrar al quirófano, pidió a los médicos que sus dos hijos que la acompañaban, entraran a verla. Mi tío y mi madre fueron con toda la angustia que pueden tener los hijos cuando una madre mayor y diabética está a punto de ser operada. Le preguntaron si estaba bien, se rio y les dijo que necesitaba contarles un chiste del que se había acordado.

Esta historia resume su carácter, el humor sobre lo absurdo que es estar en este mundo y las instantáneas que somos, así como su resilencia, que fueron los pilares de la construcción de un universo en el que vivimos por décadas. Nunca se nos ocurrió preguntarle cómo era esa obscuridad en la que se movía, cuáles eran los colores que veía, cómo eran las formas de nuestras sombras.

El arte mira lo ausente, dice Pascal Quignard en su texto La imagen que nos falta. Ahí explica cómo todo el arte trata de esta imagen que no vemos y habla, a propósito de lo ausente, de la palabra deseo, que viene de desideratio, que se entiende como la dicha de ver, a pesar de lo ausente. El arte, dice Quignard, busca algo que no está ahí. Queda en mi abuela este cuadro que no vimos, la imagen nos falta, ¿qué colores habrá distinguido dentro de su ceguera? Aristóteles hablaba de la Entelekheia, palabra que se refiere a una acción inacabada, así nuestra pintura sobre mi abuela está inconclusa, como casi todas las vidas que conocemos o que conoceremos, ¿cuál es la imagen que nos falta del otro, los colores que no vemos?

Foto. Archivo Editorial 2015.

Mi ceiba favorita

Etérea cura

Al pensar en ella… me surge un cosquilleo en las pupilas. Desde mi ombligo sube una sensación de agradecimiento, un profundo respeto y admiración.

No siempre fue así, nuestra historia se tejió con agujas de coser costales de maíz, esas que son grandes y de hierro, así nuestra piel, ella tan mi madre y yo tan su hija, duras de roer, traspasar y vincularse.

Donada a los abuelos maternos, amada y cuidada por el carpintero que generó vida del árbol caído y por la bisabuela que decidió dejar de hablar para sólo mirar y escuchar. Mi madre fue la primera guerrera que conocí, revolucionaria, resiliente y visionaria que reconstruía su casa cada que le daba la gana.

Hizo la vida con lo que tuvo, como una ceiba se erigió en aquel pueblo de soleados días y grandes tulipanes rojos. Ella, quien sostuvo su propia locura (aún recuerdo como aúllaba en aquellas noches donde no podía dormir) era tanto el dolor que impregnaba su ser, que no pudo más: vino la escisión. Quizás ahí inició su gusto por las “pastas” y la mirada del Otro. Más de 50 médicos en sus ojos esperando ser mirada. Cuando llegaba esta división se olvidaba de sus hijos y solo existía el trabajo, ahí encontraba resurrecciones.

Nuestra relación nunca fue fácil, una lucha de poder desde que me parió. En los últimos meses se regala historias sobre nuestra poesía.

–cuando tu naciste…sólo te miraba y no podía dejar de verte, tu papá me decía, qué tanto la miras, nunca supe exactamente que veía en ti. Pero sí miraba la mirada de tu padre en ti, te amó tanto que te complacía en todo, hasta en tener un puerquito de mascota–.

Somos dos mujeres enlazadas en el eros y tanatos, nuestra danza ha sido así, yo decidí separarme físicamente, ella decidió continuar suspendida. Un eterno pendular entre el ayer y presente, es por ello que me dice: –libera las palabras–, que hablen de la órbita donde el caos penetra en la carne suave y delicada, –libera las palabras–, locura fiel a la soledad que engendra mutismos infinitos. Que hablen, que caminen cadenciosamente por el cuerpo virginal del otro, que penetren y preñen fantasías, que corran, que se queden quietas viendo el horizonte que desaparece, palabras libres sin ataduras, sin amos, palabras que vomiten la desgracia interior, que griten, que chillen que caigan en alguien y empiecen a dar o quitar vida, que tomen aliento del Otro.

Al verla postrada en la cama sin poderse mover, la piel rejuntada a los huesos, escuchar sus mandatos, ver cómo vive: En su casa el tiempo se paró, dejó de existir. Llena de objetos que no utiliza, sólo para almacenar polvo. Ese es un cuadro en el que no siempre he podido sostener la mirada.

Ella mi maestra, mi espejo. Necesito silencio para liberar las palabras que Me ha depositado Mi ceiba favorita.

FOTO. Marco Girón, 2018.

Carta

Beatriz Araceli Escamilla Cárdenas

Katia,

En estos años nunca he sentido soledad, sólo estoy a solas. He recorrido mucho camino sin compañía física, pero no me ha faltado la espiritual. Dios me ha visto siempre y le he agradecido todo, por que sólo él sabe lo que es bueno para mí. Por lo que sólo me queda entender los por qués.

Con cada circunstancia he tratado de crecer y pienso que mis pensamientos y mis actos han sido congruentes con la ética que mis papás me enseñaron. Cualquier acto en mi vida, bueno o malo ha sido importante. El único exceso manifiesto lo he tenido en amor.

En cada época mi entrega amorosa fue consciente y Dios ha querido que haya durado lo necesario, que me permitió que fuera importante.

Mi amor por mis papás y por ti han sido entregas, he dado en eso todo mi empeño. He cambiado pensamientos y palabras, pero no sentimientos hacia ellos y menos hacia ti. He respetado tus decisiones y por lo mismo, he pedido y seguire pidiendo: respeto a las mías.

He decidido ser feliz por mi pasado y en el presente, buscando el amor y la dicha para mi futuro.

Nunca deliberadamente he atentado contra mí y si he pasado por quebrantos de salud no han sido por definición. Dicen que la buena salud surge del amor y, yo me quiero.

Algunas veces la no presencia te ha llevado a no escuchar lo que te he pedido cuando estoy a solas. Por que así lo has determinado, y así eres, he respetado tus ausencias y he sentido pobreza de amor de tu parte. Esa misma aceptación me lleva a pedirte que juzgues lo que te pueda yo y sólo yo decir, ya que nadie conoce mis capacidades con las que enfrento los problemas que surgen en mi día a día.

Quisiera que confíes en Dios y en mí, y que tus pensamientos se conviertan en preguntas, en diálogos. Perdona lo que creas que hay que perdonar y que reconozcas mi amor infinito hacia ti. También piensa en que hay hechos que de manera directa e indirecta me afectan y si bien, eso no puedo controlar, sí puede quitarme la paz que requiero tener en este presente y en mi futuro.

En mi vida he tenido muchas almas a la que he dado amor, generaciones que me han hecho sentir importante, acepto la realidad: en mi proceso de vida me interesa tener la oportunidad de envejecer libre de juicios. Quiero estar alegre y que sepas que lo estaría más si volviéramos a encontrar ese lazo que se desató y que estoy dispuesta a volver a atar.

Permíteme que me exprese a mi manera y trata de hacerlo tú. Considero que si algo hicimos mal, siempre se puede corregir.

Ma

Nota: Te quiero mucho y le doy gracias a Dios por tenerte.

FOTO. Jesús Baldovinos Romero

Ni a la mitad

Jonathan Bejar

Lo que ayer nos platicamos

fue sobre nuestras abuelas

que con las mismas tijeras

fueron cortadas, charlamos

y en algo concordamos:

ya no las hacen como antes

alegres, fuertes repampanantes

sonriendo ante la tristeza

sin agachar la cabeza

con la mirada enigmante.

Las abuelas sufrieron todo:

las guerras en la infancia

de las letras la ignorancia

a los machos que a su modo

las sepultaron en el lodo

creyendo que eso era amor

que les hacían un favor

al escogerlas a ellas

robándoles las estrellas

imponiéndoles pavor.

De ahí que eran tan fuertes

soportaron moretones

las más feas humillaciones

y en su vida varias muertes.

Se murieron varias veces

y la ilusión de ser amadas

se apagó en las madrugadas

cuando el marido borracho

descuartizaba en pedazos

las esperanzas guardadas.

El karma les llegó primero

a esos hombres terribles

que parecían insensibles

y eran nuestros abuelos

la fría vino por ellos

es ahí que las abuelas

dejaron todas sus penas

y disfrutaron de la vida

protegiendo a la familia

con el alma entre las venas.

Lo último que platicamos

le dio la vuelta al tema

ahora le envuelve una pena

y los amigos escuchamos

estamos para apoyarnos

la escuché con seriedad

mientras la oscura ansiedad

le provocaba un mal viaje

al estallar de coraje

por una infidelidad.

Tú lo amabas no hay duda

le entregaste todo y más

no lo supo valorar

siempre vivía en la luna

y no hubo forma ninguna

de que el chavo se aplicara

era una garrapata

te succionaba la vida

mientras tanto te mentía

y te roía como rata.

Ella le dijo: tú no sabes amar

sólo te enculas y desenculas

siempre dejando fisuras

difíciles de reparar

di todo lo que pude dar

te di mi amor y mi vida

te di techo y comida

mi salud y mis sueños

yo te veía en ellos

pues eras tú mi guarida.

Mira ahora cómo pagas

me siento como pendeja

prisionera tras la reja

mientras tú sin pena vagas

buscándote ya otras bragas

para chuparle la vida

la dejarás en la ruina

porque tú no sabes amar

tú sólo sabes saquear

a la mujer como mina.

Yo la escuché muy atento

haciendo pocos comentarios

de apoyo muy ordinarios

claro, no estaba contento

y me llegó un pensamiento

de esos de hermandad

hechos con pura bondad

y que tenía que sacarlo

y ella, a su vez, escucharlo

para tener libertad.

Le dije:

imagina un ser querido

contando lo que contaste

alguien a quien tu miraste

fuerte ante cualquier camino

te lo diga como amigo

seguro empatizarías

tú también te enojarías

acabarías estresada

mandando a la chingada

al novio, y lo odiarías.

Piensa hoy en tu abuelita

en los años que vivió

70 o más, que sé yo

y en su sonrisa que incita

vencer lo que debilita

a salir y disfrutar

a tocar y zapatear

y si comparamos las penas

con las de las abuelas

no vamos ni a la mitad.

EXPERIENCIAS ZANKAS

FOTO. Archivo Editorial, 2015.

Como vivo en Ixtapa

AlSanCon

Es fácil levantarme con el calor, llena mi cuerpo de energía, el sonido de las aves por mi ventana advierten un buen día. Empiezo preparándome para ir a correr, mi lugar favorito es la playa, la más cercana es el Palmar. Lleno mi botella de agua, tomo las llaves, papel, dinero y me salgo a correr. Regreso a la casa, me baño, desayuno (fruta) y me visto para ir a trabajar. El transporte aquí en Ixtapa, por lo general es diferente que en la Ciudad de México, te esperan a que te sientes al subir y al bajar te paras cuando se detiene. En el trayecto rumbo a Zihuatanejo veo paisajes muy bonitos que llenan mi corazón. Uno muy especial se encuentra al pasar los viveros del lado izquierdo, ahí se encuentran montes, uno tras otro, dan un ilusión de poca profundidad. El color varía (dependiendo de la temporada), si es temprano hay niebla que los cubre parcialmente, un cielo azul, un día en la playa, andar en bici, ver a las personas que quiero, compartir, platicar, tomar acciones en pro de nuestro medio ambiente, escuchar música, ver películas, son todo esto y más por lo que vivo.

El saludo

Llorona

Me encuentro con alguien, en mi andar.

Que sin conocerlo, el saludo me da.

Es tan grato escucharlo,

que me hace pensar

que sus buenos deseos me van a llegar.

Respondo el saludo, que me es grato dar,

con más entusiasmo, contesto igual:

Las buenas, las buenas, nos pueden pasar,

por ese saludo que andando va.

FOTO. Jesús Baldovinos Romero

Una pizca de Zihuatanejo

Llorona

El comal está caliente, lo atizaron bien con copra.

Las tortillas infladitas, frijoles, queso, crema y requesón sobre la mesa.

Cafecito de Atoyac, con bolillos calentitos, acabados de hornear.

El arroz ya está listo, morisqueta tradicional, con frijoles bien servidos para saborear.

Puerco e iguana en rojito y el relleno tan sabroso de cuchito.

Carne para reyes que ahora todos compartimos, esa carne de venado

que aquí tienen bien criaditos.

Y del Mar qué te digo, qué te digo:

Zarandeado es el pescado, a la talla y en tiritas,

empapelado, en caldito, empanizado, mi favorito.

Los moluscos hay toditos.

Agua fresca ¿de qué quieres? para irlas a cortar.

Hay sandía, melón, papaya, carambola, mango, jamaica,

piña y guanábana, todas, todas del lugar.

Algo que no dejó pasar, son los cocos de cuchara, los tiernitos, también hay maduritos,

todos los puedes probar, con limón, sal y chilito, el agua te va a refrescar.

Y así, así, sin poder comer más:

Esto es Zihuatanejo y como en cualquier playa de Guerrero,

en territorio Mexicano hay mucha variedad.

Jugar bajo la lluvia

Eunice Ramirez Barajas

Mirar a través del cristal la lluvia caer

me recuerda esa pequeña niña traviesa…

quien gustaba de mojarse y jugaba.

Alegre bajo la fría lluvia

para recibir el regaño de la madre

de la pequeña niña

que le decía:

“Estás castigada…”

DE AMORES NO ROMÁNTICOS…

Y ROMÁNTICOS TAMBIÉN

FOTO. Archivo Editorial, 2019.

Saladita

Zulema Gelover

Puede cambiar la vida (…)

caer no sé hasta dónde,

como cae el poema,

o el amor en la noche,

hasta no sé qué fondo duro y ciego y terrible,

tocando el agua madre, el manantial del miedo.

Ida Vitale

Eran las siete veintitrés de la mañana, ella leía un texto sobre ficción y sincretismo indígena: “…trata de imaginarte a ti misma como un gigantesco almacén de recuerdos -sugirió-. En este almacén, otros y no tú han depositado sentimientos, ideas, diálogos mentales y patrones de comportamiento. Puesto que es tu almacén, puedes entrar, hurgar por ahí a la hora que quieras y usar lo que encuentres. El problema es que no tienes ningún control sobre el inventario, puesto que fue establecido antes de que te posesionaras del almacén. Por eso te ves drásticamente limitada en tu selección de objetos…”

Aventaron una piedra hacia la ventana. Sintió un vuelco en el pecho y corrió las persianas, miró entre el viento y los muros unos ojos negros, resplandecientes, en desconcierto. Le recordaron a esos caninos de la noche, esos cuyos territorios invades y acechan a veces mostrando los dientes, otras con un brillo orbital extraordinario, las más, se abalanzan y tiran mordidas por que defienden sus territorios, y a su vez, temen, porque saben que hay otra especie superior…

La carretera estaba increíblemente solitaria. En “temporada alta” la Costa Grande recibe a miles de turistas del bajío, del centro del país y el remanente de canadienses, australianos y gringos que vienen a las playas. Pasamos por la desviación hacía Troncones. Discutíamos sobre la impertinencia del reggaetón en un escenario así, tan bello y morado, sí morado. Había una nota en el diario sobre un cuerpo femenino encontrado en esta misma carretera. Una mariposa se estampó en el parabrisas.

Suspiró, tomó fuerza de los recuerdos, argumentos de la indignación y la belleza ecuánime de la rabia. Abrió la puerta.

-¿Por qué me dejaste? (silencio ensordecedor…. cantos de grillo)

-Marina… (latidos, latidos, latidos)

-Pero… pero… iba a decirte, no hubo tiempo, no me diste tiempo, tenía miedo. Sí iba a decirte. Me vine caminando toda la noche.

-Ya están tus cosas en esa mochila, vete.

-Por favor, déjame hacer las cosas bien esta vez, dame la oportunidad.

-Iré por ella (pasos gigantescos, gritos descalzos)

-Tan, no me saques de tu vida así.

-Ayer nos despedimos Ricardo y fue… hasta agradable… (dolor en el pecho)

-Yo no me estaba despidiendo.

-Lo hacías en cada mensaje que le mandabas.

Las bugambilias de Buena vista y la salida al libramiento a Lagunillas, me recordaron las jornadas artísticas que teníamos pendientes. Coincidimos en un lugar poco probable para que las miradas se encontraran pero lo hicieron, como hicimos muchas tardes y noches el amor ¿de cuánto tiempo hablamos cuando hablamos de querer? ¿qué me asusta? ¿qué me repele?

Caminaron hacia la laguna y ella deseó ser cíclope, sentía un leve alejamiento. Los vínculos eran distintos, menos amorosos, más operativos. El lenguaje en la cama había cambiado también. Hicieron un viaje de finde juntos que los acercó a mil cosas. Quizás esa fue la razón, reconocer que pertenecían a lugares, sentidos y expectativas de vida, que no coincidían. Él fue a surfear y dejó sus cosas con ella. Tomó su celular y vio una pila de mensajes “raros”. Después de la náusea recogió sus cosas y lo dejó ahí, arrancó el coche. Llamó a su mejor amiga, estaba temblando, manejó sin percibir la distancia y el tiempo. Pasó por los mismos lugares pero lo único que vio esta vez fue una larga línea amarilla que se abría entre las montañas y el atardecer. Llegó a casa, se bañó y se puso su vestido favorito, no quería pensar, estaba en shock. No hubo llanto ni rabia sólo una extraña sensación en la lengua, como a mar.

Sandra y ella fueron con un par de amigos a una terraza, hablaron de todo, bebieron mezcal, ninguno de ellos podía creer que lo “suyo” había terminado.

-Se veían tan bien.

-Eran casi para el otro… así como que se completaban ¿no? .

-No sé, yo me sentía completa antes de que llegara, no lo necesito, pero le amo y a pesar de ese amor no le permito mentiras. Nos las devoramos en las pelis, los libros, el imaginario de nuestros familias y culturas desde que éramos pequeños.

-¿Qué hay que hacer? ¿Lo madreamos?

No, dejaré que las cosas se acomoden, lo padrearemos (risas) ese amor que le daba lo conservaré, me lo daré yo (más risas).

Regresé a casa con ganas de dormir. Me sorprendió que cada vez fuera más fácil lidiar con estas cosas y casi que esperarlas. Al despertar noté que eran apenas las seis cuarenta. Encendí la radio. ¿Sé? tomé un texto y empecé a leer de nuevo. Las siguientes líneas me parecieron cómicas, luego con un poco de sentido…

“Encontraron el cuerpo de una joven de 22 años con rastros de tortura y violación, no la han identificado aún, como seña particular tiene un tatuaje de pez coi en la espalda” si alguien la conoce favor de comunicarse con las autoridades de La Unión.”

FINAL 1

(Tono de teléfono)

-¿Ya te llamó?

-¿Qué? No, ¿Quién?

-Ricardo boba, quien más ¿Te llamó?

– No ¿Qué te pasa? ¿Qué hora es?

– Son casi las 7 Tania. Me llamó Carlos, me pidió tu número pero no quise dárselo. Me dijo que le urgía. Le dije que yo te localizaría ¿por qué no contestas el celular?…

-No sé, se descargó, olvidé conectarlo. Ricardo sí vino pero le pedí que se fuera, le di sus cosas, hizo drama, me pidió perdón y le dije que ya no era necesario, que ya nos habíamos despedido y después de dos horas de charla absurda se fué.

– Tania… encontraron un cuerpo en el camino a Saladita, por la desviación a Barrio Viejo en la madrugada ¿qué vas a hacer?

– (silencio largo) nada, que Marina vaya a verlo. Yo me despedí ayer.

FINAL 2

Miró hacia el horizonte, dejó todo, sus cosas, el auto, el amor. Solo se llevó el morral con su cartera, el teléfono que ya casi no tenía batería. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Atravesó el camino que unía a la playa con el pueblo, luego el pueblo mismo y finalmente llegó a la carretera. Había un letrero: Saladita. Caminó en sentido opuesto al que habían llegado, para entonces ya se le habían acabado las lágrimas.

Escuchó como un auto frenó abruptamente y se echó de reversa, no lo vió pasar como no vió a ningún otro auto, iba mirando el efecto del sol en el cielo, aturdida. El morado de las montañas.

– ¿A dónde vas tan solita? Te van a robar…

– Déjame en paz.

– Yo puedo darte paz, súbete, te llevo, ¿vas a Zihua?

– No gracias, prefiero caminar, si no te vas grito.

– Te haré gritar perra… (Latidos, latidos, latidos)

El hombre paró el coche en seco y fue por ella. Corrió pero algo muy caliente le ardía en la pierna, ni siquiera escuchó el disparo. Vió como su pareo se teñía de rojo y miró hacia atrás. Él ya estaba a sólo un paso: gritó, gritó, gritó sin ser escuchada. No había coches, ni casas, ni gente, sólo el grito de los grillos y las cigarras. Los suyos se hundieron entre la maleza.

FINAL 3

La radio y el periódico replicaban la nota. Ayer y hoy parecen ser el mismo día, pero no lo son…

Carlos me llamó 11 veces… qué raro. Seguramente abogaría por su hermano y sus tarugadas. No le regresaré la llamada. Ya no…

Se baña y se viste para ir a la playa, a correr o a nadar. Sale fresca y desnuda, se mira al espejo, se sabe hermosa, sus pezones se tensan por la temperatura. Se mira el cuello marcado por dos tonos de piel, el del traje de baño y el del sol de hace dos días. Cierra los ojos y suspira… Todo va a estar bien se dice a sí misma… en silencio… Retoma el libro y se arropa a la cama, lo piensa mejor y decide no salir, esta vez no se levantará hasta que termine de leerlo. En la calle, un hombre se busca entre la gente, su energía está en otro lugar, quizás en unos años la encuentre, se encuentren… o no.

La foto

Llorona

Está refrescando, también amaneciendo, siento tu calor, tu peso.

El sol me deslumbra, me avisa, me abrazas, te beso, ya no hay tiempo.

Despertar no quiero.

El: Arriba flojita ¿descansaste bien?

Ella: Con tu pierna encima… es mucho peso.

El: ¿Con quién es el desayuno?

Ella: ¡Por Dios, no me acordé!

El: Si te apresuras, te llevo.

Ella: Enciende la radio amor, Rey Charles, es el momento. En 20 estoy lista…

El: No te creo. El dilema del vestido, los zapatos, accesorios, los guantes, la bolsa y el sombrero, el perfume, no se diga, instinto personal.

Ella: Me levanto.

Ahora todo es combinable, con mi cabello blanco y mi andar despacio.

El zapato suave y el aroma terso.

Estás sobre mis piernas, ya no es el mismo peso.

Sigues conmigo, yo contigo ,escuchando la música de nuestro tiempo.

Te pido que me escuches, mi decisión no te va a gustar.

Está casa es nuestra esencia.

Aquí los gustos y disgustos.

Tanto que hacer, que ya no podemos hacer…

Las maletas están listas, los libros empacados.

Tú como siempre a mi lado.

Rezo por los dos todos los días

Hoy es otro Comienzo, te tomo entre mis brazos…

Vas conmigo a cada momento

Sé que juntos estaremos en otro espacio y otro tiempo.

Sobre el buró te pondré, recordare…

Me hace falta tu calor, tu peso.


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